Por Humberto Frontado
En el silencio de la tarde,
cuando el sol se derrama
como un hilo dorado
entre las rendijas de la
ventana
allí está ella.
La vieja dama toma sus agujas
y va tejiendo cada punto
en el que revela el devenir
de su particular mundo.
Sus dedos conocen
la presión exacta que debe
aplicar
para que un nudo
sea un nacimiento,
y un lazado una despedida.
El
tejido bajo sus manos pasibles
descansa como un viejo confidente.
El ovillo de lana azul
tiembla,
es el presagio de un viaje.
El hijo mayor que había partido
años atrás
regresará pronto.
Ve el hilo enroscarse
suave y sin resistencia,
como quien vuelve a casa
después de la tormenta.
Su nieta mayor cumplirá quince
años,
el vestido que teje en
secreto
ya habla de un amor cercano.
La lana rosa pálido se enreda
de repente,
no será un amor fácil;
pero tampoco eterno.
Deshace el nudo con
paciencia y continúa.
El don de ver el destino
no incluye el de cambiarlo.
Todo está tejido
en los manteles.
La vieja dama teje
mientras escucha
el murmullo de las calles
empedradas.
Lo más difícil son los vacíos.
Hace poco empezó
el chal color mostaza para
su hermana.
El hilo se cortó tres veces;
ella dejo las agujas y lloró
en silencio.
Afuera,
la noche cae sobre el pueblo
y la dama guarda sus agujas.
Mientras sus manos se muevan
los destinos seguirán siendo
suyos para verlos;
para contenerlos y para
dejarlos ir.
Hebra por hebra,
hasta que el último nudo
la libere también a ella.
24-05-26
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Corrector de estilo:
Elizabeth Sánchez.







