Por Humberto Frontado
Encaramado
en su amansada piedra
el arcaico machurrango aguarda inmóvil,
no desperdicia ni un ápice
del silencio y sol que le regala el calvo cerro.
La chulinga
carcasilbando,
subida en una seca retama,
lo mira de reojo y murmusilbando
piensa en su asoleada vagancia.
Compadecida le regala
un falsete claro y dulce
que amansa esa elevada brasa que lo calcina.
El siete colores, joya fugaz,
cruza el camino en un rápido trazado;
lanza hacia su primohermano
una imperceptible bajada de cabeza
y un puntual guiño de ojo.
Desde
el cerro contiguo,
el burro entona su tardo y ronco lamento.
En él presagia lo dilatado
de lo que será ese seco día.
La
vieja chiva no le presta atención,
masca apresurada
la brosa del tiempo con su espinosa savia,
pensando en el crío dejado atrás.
Desde
el jorobado yaque,
con pupila inmóvil y redoblando
su perpetuo canto enamorado,
la potoca consume el convivir
de aquel pequeño mundo.
Un
zumbido de moscas
en un coro breve,
tejen su vuelo alrededor
de un pequeño cadáver
que mece su aroma
al son del hiriente calor.
Bajo
la sombra del estoico cardón,
moran y entrelazan sin ley escrita,
trazos reptilíneos
con sus rastros y relatos.
La calcinada
estatua parpadea lenta
la siesta que todo lo aplaca,
siente la vida circular.
Cuando
el sol abate en el poniente,
el agrietado reptil
se arropa en su parsimonia;
desciende a su refugio
impregnado de una historia mínima y poco compartida.
01-02-2026
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Corrector de estilo:
Elizabeth Sánchez.







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