Por Humberto Frontado
El fin no llegó con estruendo,
sino colado en el
silencio gris
de una tarde que
niega a irse.
Estamos sentados en el borde
de lo que fue alguna
vez un país,
contemplando los
escombros de un tiempo
que se desmoronó sin
anuencia.
La nostalgia es un río turbio
que nos arrastra
hacia atrás:
aquellos días de ingenuas risas,
de planes tejidos con hilo de oro
en territorio fértil y prometedor.
El
futuro yace hecho guiñapos
a nuestros pies,
no sabemos si maldecirlo o llorarlo.
La
culpa es una daga
atravesada en el pecho.
Recordamos permanentemente
lo que hicimos mal,
lo que no dijimos,
lo que no hicimos a tiempo.
El
infortunio cayó como un rayo
sobre el árbol que creíamos inquebrantable.
Pequeños y torpes no supimos
apagar el inicio del fuego.
Nos
quedamos mirando paralizados,
con la vergüenza de quien
presencia un naufragio desde la orilla.
En
el último resquicio de la noche
algo parpadea;
no es una llama,
es apenas una brasa.
La
esperanza no grita
ni promete paraíso.
Se conforma con susurrar
que después del fin
quede un pedazo de tierra firme
donde volver a empezar.
No
sabemos cómo, ni cuándo,
ni con qué fuerza.
En medio de la culpa y la nostalgia,
esa mínima brizna nos recuerda
que aún respiramos
(la forma más terca y humilde de seguir).
11-10-2026
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Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez.







