Por Humberto Frontado
Una fecha de caducidad andante,
consciente de
que el tiempo
nos muestra la
frescura que ha de perderse.
En
el transcurrir de las estaciones
aquel envase
de vida
va espirando
silenciosamente
en un lugar
de la despensa.
Hemos de mirar los datos de
caducidad
con
naturalidad,
casi con
indiferencia;
son parte
inevitable del orden de las cosas.
Llevamos tatuados debajo de la piel
el código de
barra,
también
troquelados en los huesos;
casi
imperceptibles pero implacables.
La
naturaleza en su sabiduría evolutiva,
no concibe individuos
eternos;
opera por
ciclos de reemplazos,
por
renovaciones constantes.
Cada generación
empuja a la
anterior
fuera del
tablero de vida,
solo por
necesidad.
La evolución
exige cambios,
mutaciones en
el esquema
de
senescencia programada.
Somos eslabones temporales,
piezas de
cambio
diseñadas
para cumplir una función
y más tarde
desaparecer.
Aceptar
la cercanía perpetua de la muerte
es el único
camino para vivir con intensidad.
Cuando
el último día llegue
no nos
consolará haber acumulado años,
sino haberlos
transitados
con nuestra
pequeñez y grandeza efímera.
Nuestra perpetua angustia
será saber si
cada bocado
de esta breve
vida
ha tenido realmente
sabor.
10-05-2026
© Derechos
reservados 2026
Corrector
de estilo: Elizabeth
Sánchez.

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