Por Humberto Frontado
Eran las cuatro de la mañana cuando el joven Juan Ángel salió expelido de los rieles de un acogedor sueño. Atónito abrió los ojos y mirando el techo de la habitación dió inicio a un angustioso Vía Crucis hacia el retorno del sueño. Comenzó a dar vueltas en su cama en todas las formas y orientaciones impensables buscando conciliar el sueño. Una voz interior le decía intermitente “si no duermes más tiempo vas a tener un mal día y lo más probable es que te duermas durante el trabajo”. Recordó por unos minutos que había comido, pasada la hora normal de cena y en contra de su voluntad, una gran arepa rellena con queso y aguacate; se dijo recapacitando.
- ¡Coño eso fue!... la pesadez estomacal me despertó.
Se levantó de la cama y caminó un rato por la habitación mientras
realizaba algunas respiraciones profundas. Se sentó al borde de la cama y bajo
la tenue luz de la lamparita de mesa leyó una de las páginas de su arrugado libro
de cabecera que nunca ha terminado de leer por lo aburrido que es. Colocó el texto
sobre la veladora de noche y se recostó suavemente, comenzó a contar ovejas y veía
de reojo como los lanudos animales en pleno salto le mostraban impertinentes una
exagerada mueca sardónica. Abortó el recuento de los carneros y comenzó la técnica
del 4+7+8. Inhalaba durante cuatro segundos; luego retenía el aire durante siete;
y, por último, exhalaba en ocho. Transcurrido unos largos minutos se dió cuenta
que estaba todo agitado y sudando copiosamente por el esfuerzo mental y de concentración
que requería aquel somnífero proceso.
Pensó por un momento sobre lo último
que había leído relacionado a la relajación y meditación, específicamente sobre
los elementos perturbadores en ellos. Se acordó de una propuesta por alguien en Tik Tok,
donde recomendaba la técnica del escurrimiento. Esa técnica consistía en percibir
en la cabeza el agente perturbador como un pedazo de hielo; luego sin
esfuerzo y sin molestia dejarlo derretir poco a poco con el calor corporal,
hasta que se escurra por el cuerpo y llegue al piso. Recostado y descansando su
agotamiento, mientras pensaba como último recurso tomar un guarapo de valeriana,
se desvaneció de pronto en un profundo sueño que al final no fue tan largo pero
sí reconfortante.
Al despertar se sintió complacido ya que no tendría el gran problema de quedarse dormido mientras trabajaba. Llegó al sitio de faena y se apresuró a realizar lo que había quedado pendiente del día anterior. Tenía que entregarle al jefe unos cálculos referidos a la contabilidad de la empresa. No habían transcurrido diez minutos cuando de pronto se cortó el flujo eléctrico, quedando todo oscuro; se escuchó una voz ronca proveniente de las última oficina.
- ¡Otra vez! – se anexaron a la expresión otras en forma de chillidos, maldiciones e improperios.
Las luces de emergencia no
funcionaron y el joven sin perder tiempo buscó su celular para alumbrar un poco
y corroborar los cálculos que había hecho. Mientras escribía los números vió como
éstos empezaron a desplazarse por toda la hoja, haciendo un extraño ruido como
si algo sólido rozara aquella superficie blanca del papel bond. Parecía como si
algo inteligente los moviera y buscara desesperado presentar los resultados de
los cálculos en una forma más expedita y entendible.
Levantó la mirada para ver a su
alrededor y notó algo raro en las cosas que veía. La lámpara que tenía al
frente estaba arropada con una rara escarcha que antes no había percibido.
Desplazó tímidamente su mano sobre el pequeño farolillo y al rosarlo vió que desprendía
un gran número de partículas de diferentes colores; como un enjambre de diminutas
abejas que despertaban de su letargo y comenzaban a volar hacia todas las
direcciones, algunas rebotaban y otras regresaban o se desviaban. El lapicero
que tenía en la mano lo dejó caer intencional sobre el escritorio y vió cuando éste
sacudía estrepitoso un gran lote de partículas que se dirigía hacia todas
partes a gran velocidad. Se recostó a su asiento y comenzó a atar sus
pensamientos buscando una explicación a lo que estaba sucediendo. Se quedó
absorto en un momento de profundo silencio ante la sublime presencia del ente o
materia que emitía los sonidos de las cosas.
Por curiosidad chasqueó su mano
derecha, rozó el pulgar con su dedo medio y sintió que parte de su piel emanaba
destellos abruptos de cálidos sonidos en todas las direcciones. Estaba extasiado
al contemplar todas aquellas partículas en miniatura que se desplazaban por
todos lados, flotando a la deriva dejándose iluminar por un sublime hálito de luz.
El joven de pronto volteó su mirada hacia el pasillo y vió a lo lejos a su jefe
venir hacia él. Venía lentamente desprendiendo partículas sonoras de todo
calibre a medida que caminaba y hablaba con el resto del personal. Inmediatamente
el joven regresó a su trabajo y mientras preparaba la información veía un cúmulo
de polvo que se desprendía de la carpeta con la información.
Detrás de todo ese movimiento de
elementos volátiles comenzó a percibir una nube envolvente que aminoraba o absorbía
lo que sentía alrededor; era cada vez mayor, como una sacudida imperiosa y rítmica
secuencia. Al detallarlos notó que provenían de su interior, eran sus ronquidos
confundidos y mezclados con el sonido de la alarma de su teléfono anunciando la
hora de despertarse.
01-10-22
Corrector de estilo: Elizabeth
Sánchez
Jajajaja trasnochado el Juan Angel.
ResponderEliminar