Por Humberto Frontado
Aparcados
en una espesa jungla
de absurdos ideales,
son seres que se exhiben
llamativos y ataviados
de una rancia terquedad.
Advierten
a sus opuestos
que son tóxicos,
venenosos;
simplemente nocivos.
Su
sardónica sonrisa
de eterno triunfo nos alerta,
nos dice que no los toquemos
porque son ponzoña viviente.
Emiten
señales
casi teatrales,
en largos y ventrales
discursos vacíos de gracia.
Los
colores intensos de su atuendo
– o de su retórica –
no es un accidente estético,
sino una declaración.
Los
ideales paradójicos
que defienden con vehemencia,
son una belleza engañosa
que oculta una pócima cultivada.
Su
testarudez psíquica,
esa incapacidad de reconsiderar,
de escuchar,
de ceder un ápice,
opera como un aviso peligroso.
Lo
inquietante no es
que nos adviertan su peligrosidad,
sino que sabemos leerlos
y aun así nos embroman.
Sabemos
que sus propuestas
sobrestimadas e inadmisibles
anuncian discusiones estériles,
y aun así participamos.
Quizás
la lección sea sencilla y amarga:
no todo color llamativo merezca admiración,
y no toda criatura seductora merezca cercanía.
08-11-2026
© Derechos reservados 2026
Corrector de estilo:
Elizabeth Sánchez.







