domingo, 11 de septiembre de 2022

NELSON Y SU BURRO BURINDÁN

Por Humberto Frontado


          Ya de tarde con los rayos de sol hincándoseles en la sudada frente, el pequeño Nelson junto a sus compañeros de jornadas, todos más viejos y duchos que él, deciden regresar al pueblo después de cumplir con la faena del día. Cada uno tenía terciado al burro un par de latas con agua que habían conseguido durante las primeras horas en las quebradas al pie de los pequeños cerros de Zulica: un remoto y solitario paraje ubicado en la Cabecera, la parte sur de la isla de Coche.

          Decían los viejos que el agua de ese sitio era bendita, ya que era una ofrenda dada por las Ánimas que buscaban perdón. Cuando estos entes volaban iban ordeñando los escuálidos copos de nubes que vagaban extraviadas por ese inhóspito paraje. Bajo sus alas traían impregnadas las gotas que luego sacudían y caían como un rocío en este recóndito lugar. Por eso, cuando la gente llegaba a ese paraje se persignaba como un gesto de beneplácito ante las sagradas almas.

          Alegres y envueltos todo el tiempo en un espíritu aventurero en el que prevalecía siempre la competencia por cualquier pendejada, los jinetes ya prestos para el regreso aseguraron las cargas sobre los asnos y en un gimnástico brinco montaron en ellos.  Se escuchaba la palabra “partida” como el inicio de una larga carrera para ver quién llegaba primero al pueblo. Todos salían azuzando sus burros para acelerar el paso. Parsimonioso, Nelson muy calmado esperó que su fiel amigo equino iniciara su caminar; el joven animal sin guía y con un movimiento autónomo iba buscando trillas y caminos de menos distancia y complejidad. Al final siempre hacia su entrada triunfal al pueblo de Valle Seco, mirando por el rabillo del ojo al resto de los competidores que no dejaban de darle palo al burro, queriendo asegurar por lo menos un segundo puesto.

           En un santiamén Nelson desmontó la Carga y le dió comida y agua a su consentido pollino llamado Burindán. Ese lozano animal se lo había regalado su querida madre Ñaña. La siempre ocupada mujer había conseguido le dieran aquel borriquito que presentaba problemas de salud desde su nacimiento. Lo trató como si fuera un bebé, lo amamantó con leche de cabra con un biberón que inventó usando una botella de refresco y una mamila hecha de trapo. Más tarde le llegó a preparar una especie de suplemento vitamínico, el cual consistía en una aguada mazamorra hecha con harina de maíz y hierba triturada. En pocos meses el borrico tomó contextura y se espigó. Ñaña viendo que su hijo Nelson había estado con ella todo el tiempo en el cuidado y recuperación del animal, decidió obsequiárselo.

             El muchacho sorprendido no cabía en su alegría cuando recibió aquel original regalo. A partir de ese momento Nelson y Burindán crearon una afectiva yunta. Salía al monte todas las mañanas con su mascota a buscar agua y leña para la cocina; por la tarde se iban para la playa, donde ambos se bañaban y luego esperaban a ver el sol zambulléndose en el mar.

          En una oportunidad, Nelson venía por la playa caminando al lado de su borrico cuando vió que estaba llegando un bote con un pasajero. Se quedó intrigado al ver aquel hombre catire ya mayor, vestido todo de un reluciente blanco; con un pantalón de lino, una camisa con puño y cuello almidonado y un sombrero de paja apretujado sobre su cabeza para que el viento no se lo arrebatara. Esperó un rato y vió cuando encallo el bote casi en la orilla. Uno de los tripulantes saltó rápidamente al agua para controlar el atraco del bote mientras el pasajero se enrollaba los ruedos del pantalón, se quitaba las medias y los zapatos. El viejo todavía recio bajó de la nave sin ayuda y no pudo evitar que el oleaje le mojara todo el traje. Ya sobre la arena se despidió de los pescadores, quienes le indicaban caminara hacia una dirección.

          El viejo oteó a su alrededor y vió al niño con su pequeño burro. Con unas señas con su mano le pidió que se acercara. El muchacho todo tímido se quedó petrificado, pero con la insistencia del hombre decidió acercársele. El visitante le dijo en un lenguaje medio retorcido que le ayudará a llevar su maleta en el burro, que él le iba a pagar.  Nelson acompañó al musiú hasta una de las casas del pueblo donde le alquilaron un cuarto. El muchacho conocía a la gente que le estaba arrendando al gringo y le ayudó a llevar el equipaje hasta su cuarto.

            Establecido el marchante, tomó unas monedas y se las entregó al chico. El inocente muchacho se quedó un rato mirando las monedas sin encontrar parecido a las que él conocía. Dubitativo buscó un bolsillo donde guardar aquel botín. El viejo aproximándose al burro le preguntó al muchacho.

          -        ¿cómo se llama el animal?

          -        Aún no tiene nombre - respondió el niño entre dientes.

El viejo le pasó la mano por la cabeza al pollino y le sugirió al joven.

          -       ¡Llámalo Burindán!... y verás que será un buen burro.

        El viejo bajó la cabeza y se acercó a una de las orejas del animalito y le susurró por un momento algunas palabras. El muchacho extrañado vió con curiosidad aquel acto preguntándose.

          -       ¿Qué le habrá dicho este hombre a mi borrico?

           Lo cierto fue que a partir de aquel momento Nelson comenzó a notar cierto comportamiento en su amigo. Antes tenía que arriarlo para que acelerara el paso, tenía que empujarlo para que entrara en el corral. Comenzó a notar que el burrito tomaba sus propias decisiones y se adelantaba a las decisiones de su amo. El condenado animal se manejaba por sí solo. En una oportunidad el joven Nelson fue a tomar la fina varilla de yaque (cují) que usaba para azuzar al pollino y miró atónito que el animal la había mordisqueado convirtiéndola en una desmenuzada hebra de pelos.

           Con el tiempo Nelson intrigado por la conducta sorprendente de su amigo comenzó a averiguar sobre la posible relación entre ese comportamiento y la visita efímera que hizo aquel catire señor a Valle Seco. Habló con Genarita la hospedera para que le comentara sobre aquel huraño hombre, la mujer le dijo.

           -       ¡Cara' mijo!... ese hombre casi no salía de ese cuarto... Cuando le llevaba la comida siempre lo encontraba leyendo o escribiendo en unas hojas que tenía… Una vez le pregunté a qué se dedicaba ... y él me contó que era Filósofo y estaba escribiendo un libro... A veces me decía unas cosas que parecían muy interesantes, pero yo no le entendía ni una papa.

           Con el tiempo algunos estudiantes y gente curiosa que había escuchado sobre las peripecias del inteligente Burindán de Nelson se dieron a la tarea de averiguar al respecto y encontraron que en el Medioevo había quedado como un aporte filosófico una peculiar paradoja llamada "El burro de Burindán", atribuible al filósofo Jean Burindán (1300 – 1358). Se dice que estaba referida a la dicotomía que enfrentó un burro cuando debió elegir entre beber agua o comer paja. El animal dubitativo no llegó a decidirse por ninguna de las opciones y el pobre murió de inanición.

Ante este complejo escenario, es perfectamente racional entender que entre opciones equiparables podemos escoger arbitrariamente una de ellas en vez de morir de hambre. Se dice entonces que referido a la profunda connotación de esta parábola fue lo que el viejo musiú susurró al oído del borrico, además de sugerir lo llamaran Burindán.

 

08-09-22

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

 

domingo, 4 de septiembre de 2022

EL CASTILLO MÁGICO

Por Humberto Frontado


           Sucedió esa vez y pasarán más de ochocientos cincuenta y cinco años para que vuelva a ocurrir. Se trata de un raro evento astronómico de movimientos celestes combinados que se manifiesta cuando la luna en plena llenura se encuentra entre los perigeos de la tierra y el sol, al mismo tiempo que se impregna de la luz que viene del planeta menor 2013 SY99 del cinturón de Kuiper. Lo cumbre es que se refracta a la tierra en un resplandeciente haz de luz de poco espesor. En esta ocasión el hilo de luz se ubicó en la porción septentrional que cubre a Adícora, región perteneciente al estado Falcon, Venezuela.

          La luz incandescente permanece por espacios de corto tiempo. Se cuenta que, en momentos de aparición se suscitan eventos increíbles que rompen con el equilibrio de la naturaleza. En la selva, los animales responden al contrario de cuando ocurre un eclipse solar, se despiertan creyendo que está amaneciendo. Se tiene información de la aparición de este fenómeno en zonas costeras, donde los peces pequeños ante la intensa luz se ven desprotegidos y huyen despavoridos de sus depredadores; a veces saltan tan velozmente que caen fuera del agua. Lo llaman ganancia de pescadores sin estar el río revuelto.

           En esta última aparición de tan insólito e increíble fenómeno, coincidió con la estadía en el lugar de una familia que vacacionaba y por la hora ya se encontraban durmiendo. Entre los presentes había una niña llamada Lucía, quien metida en su hamaca no podía conciliar el sueño. Se levantó de su chinchorro atraída por un extraño ruido. Miró a su alrededor por un momento y buscó con atención determinar la procedencia de aquel letárgico golpeteo. Caminó un corto trayecto y se acercó a un pequeño bohío ubicado cerca de la orilla de la playa. Agudizando la vista logró ver todo un sorprendente espectáculo.

           La extraña proyección de luz blanca que provenía de la luna iluminaba y dejaba ver todo lo que ocurría en la orilla de aquella tranquila playa. La niña pudo ver que el castillo de arena que había estado construyendo horas antes en ese lugar estaba siendo ocupado por unos extraños visitantes. Cada una de las ocho espigadas torres estaban siendo ocupadas por unos grandes cangrejos azules, con largas tenazas que hacían sonar al aire, emitían un ruido parecido al de las castañuelas flamencas.

          Muy despacio avanzó unos pasos más con precaución de no interrumpir aquel acto. Observó que del agujero que había hecho en el centro del castillo emanaba como en ebullición un tumulto de cangrejos que inmediatamente hacían una fila marcial. Estos cangrejos eran más pequeños de un color combinado tornasolado de rojos, azules y verdes. Se iban rítmicamente alternando de izquierda a derecha pasando por encima de las paredes del castillo, logrando rodearlo en segundos en diferentes filas sin dejar de hacer sonar sus castañas.

          Después de ocupar una buena parte de la arena de la playa aquel sonido percutor se agudizó y se hizo más intenso, estaban haciendo marco a la entrada de su matrona. Parecía toda una reina, se desplazaba sinuosa entre las torres del castillo. Su color rojo carmesí estaba teñido de esplendorosos lunares blanco nácar que la embutían en una jacarandosa expresión. Ante la corte de sus vasallos comenzó a bailar una alegría flamenca, seguida por el resto de los cangrejos.

          Así estuvieron un rato hasta que de improviso todos los cascabeleros quedaron en silencio y dejaron a la madre en un solo de zapateo que duró casi un minuto. De repente levantó las tenazas y dirigiéndolas hacia el rayo de luz que provenía distante, comenzó a descender a través del agujero por donde había hecho su aparición. Rápidamente el ejército de cangrejos construyó una fila helicoidal y detrás de la Reina, siguiendo con el cascabeleo, entraban en el socavón haciendo una especie de remolino. Parecía como sí el centro del castillo estuviera succionando a los cangrejos que estaban unidos uno a uno por sus tenazas. En esa extraña y desesperada huida no tomaron más de diez segundos, todo fue fugaz como si temían algo.

           De pronto, aquella abertura de luz en el cielo se cerró y la oscuridad invadió todo el entorno. La niña se vio sorprendida ante aquella profunda penumbra y comenzó a retroceder siguiendo la misma senda que había dejado marcada en la arena cuando se acercó a su castillo. Sigilosa y callada se metió a su hamaca para no despertar a sus padres. Antes de volver a dormir tomó un lapso para extasiarse nuevamente y recordar lo sucedido.

           A la mañana siguiente la familia se levantó temprano a preparar el desayuno y montar rápidamente la partida de regreso. La niña todavía acurrucada en su hamaca pensaba taciturna que tenía todo el resto del día para contar a la familia aquella inimaginable aventura vivida horas antes.

 

04-09-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

domingo, 28 de agosto de 2022

MARICONADAS DE UN ILUSTRE “HOMO PHILOSOPHUS SEXUALIS”

Por Humberto Frontado



          Esta es una síntesis histórica de un hombre que se atrevió a enfrentar día tras día obstáculos discriminatorios y prejuiciosos impuestos por la sociedad del siglo XX.

           Una mañana servido el desayuno con café y cruasanes, la señora Anne llama a su hijo Paul Michel varias veces sin obtener repuesta. El muchacho ocupado en sus cosas se hacía el desentendido y no le respondía. La señora impaciente decide ir a buscar al muchacho; al abrir la puerta del cuarto lo consigue ataviado con uno de sus trajes de negro satén y de amplio escote, tratando de mantenerse en equilibrio sobre los tacones de unos zapatos brillantes. La mamá extrañada le pregunta.

           -       ¿Paul qué significa esto?

         -       ¡Mamá!... ya te he dicho que no me llames así… no me gusta que me llames Paul... llámame, Michel… sólo Michel.

          El muchacho inteligente desvió la atención de su madre hacia como debía llamarlo; mientras se despojaba con sutil disimulo de la ajena vestimenta. Lo que no sabía aquel joven era que su odiado nombre y la ropa que lucía serían elementos que iban a amalgamar su atolondrada personalidad.

          Michel argumentaba que el nombre de Paul venido de su padre, lo utilizaban los jóvenes para molestar a quienes lo llevaban; puesto que lo asociaban con Polichinela, un bufón de teatro. El jocoso comediante de origen italiano fue difundido en diferentes versiones a otros países europeos. Era un muñeco héroe teatral jorobado, barrigón y con una nariz aguileña. Hablaba todo el tiempo de sus cosas, gritando a la gente lo que era conocido por todos. Pero los que lo escuchaban temían alzar la voz para comentar lo oído por miedo a ser castigados, quedaba todo envuelto en un manto de "secreto a voces". El arcaico payaso se le conocía por su excesiva locuacidad. Decía toda la verdad que había detrás de lo que otra persona trataba de presentar como algo novedoso. Polichinela exponía a la luz lo que otros mantenían oculto.

          Michel se apellidaba Foucault y se encargó tenazmente buena parte de su vida a defender sus propuestas en el campo de la filosofía, psicología, historia, sociología, etc. Buscó desentrañar, develar, cambiar, reformular argumentos que tenían tiempo establecidos, ocultos en el tremedal de una verdad pastosa y maloliente. Su pensamiento deviene de arcaicos filósofos como Kant, Nietzsche, Marx y Heidegger y otros más; aunque no dejaba de criticarlos ante algunas propuestas.

          Tomó la metodología de los arqueólogos para desentrañar las bases históricas de las verdades científicas o simplemente las de la razón. Este imperfecto hombre nos legó una profusa producción perdurable e influyente en el contexto filosófico y político. Develó críticamente los vínculos entre el saber y el poder en las llamadas ciencias humanas.

          Trastoca los supuestos para la época sobre la experiencia y percepción de tópicos tabúes sobre la locura, la sexualidad y criminalidad; también las prácticas sociales de encarcelamiento, confesión y disciplina que subyacen en las microestructuras de poder en la sociedad occidental especialmente en las prisiones, escuelas y sistema de salud.

          Abarcó investigación en el campo de la psiquiatría y la medicina clínica; fue activista político con una recompensa nada placentera. Cubrió aspectos transgresivos del placer y el deseo, hecho que promovió buena parte de su obra escrita. Cual Polichinela, en un francés altisonante supo con destreza magistral contraponer a los clásicos filósofos; entabló arduas batallas que fueron televisadas con colegas de pensamiento revolucionario y otros más recalcitrantes. En fin, defendía con destreza total el espectro del pensamiento moderno con un soporte investigativo extremo.

           Exponía sin tapujos una concepción de la historia menos complaciente y más abierta. Identificaba capcioso nuevos problemas, enfoques y objetivos de investigación contra viento y marea. En un campo despreciativo de la verdad objetiva, llegó a alegar que los datos le daban la razón, por eso lo odiaron a muerte. Fue asediado por sus contemporáneos que lo pechaban de poco rigor histórico en su obra guiado por su arrogancia e instintos; sin embargo, Michel ha sido considerado como el autor más citado del mundo en el ámbito humanístico.

           Su azarosa vida sexual dió mucho de qué hablar, vivió en un constante juicio moral y pecaminoso impartido por quienes lo criticaban. En su adolescencia escolar sufrió de depresión aguda, intentó suicidarse varias veces; toda esta situación surgió debido a su angustia por ocultar su homosexualidad, que era tabú social en Francia. Para justificar sus desvaríos conductuales se internó en la ardua tarea de investigar la histona de la sexualidad y sus raras aristas evolutivas.

          Michel Foucault falleció en Paris (1984) a los 57 años, padecía una grave enfermedad del sistema nervioso relacionada con el SIDA.

 

“No me pregunten quién soy, ni me pidan que siga siendo el mismo” – M. Foucault.

 

28-08-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

domingo, 14 de agosto de 2022

COCHINA ENVIDIA

Por Humberto Frontado


            En la época de los sesenta, un extraño fenómeno sacudió la costa oriental del lago de Maracaibo. Todo sucedió en los recién instalados campamentos habitacionales que emergieron de la naciente y próspera industria petrolera venezolana. La población que residía en las nuevas instalaciones se vió afectada por una rara y contagiosa epidemia. Cuentan los sobrevivientes que todo comenzó una fausta madrugada, cuando de la nada apareció una extraña brisa de cuaresma serenada que se deslizó sigilosamente y sin obstáculo por las hendijas de las puertas y ventanas de aquellas pequeñas casas. Ese raro resuello traía consigo una sustancia que se impregnó en cada uno de los habitantes de las comarcas petroleras. Era una especie de prurito que en cosa de horas desgarró el equilibrio armónico en el que vivían. Los contagiados manifestaban un escozor supremo y angustiante de envidia al prójimo: por las cosas que los vecinos tenían en sus casas y hacia los compañeros de trabajo por los logros alcanzados.

            Constituidos los campos habitacionales sus pobladores, provenientes de todo el territorio de la nación, llegaron con el propósito de echar hacia adelante. En una primera fase la gente se preocupó por mantener un trabajo estable que le garantizara casa, comida, educación para los hijos; se centraron en satisfacer las necesidades básicas de supervivencia. Dos décadas antes, el psicólogo Abram Maslow había planteado su hoy discutida tesis sobre la jerarquización de las necesidades en el hombre. De manera que esa muestra social particular estaba respondiendo de manera normal a lo planteado por el connotado psicólogo.

            Transcurrida media década, los trabajadores y sus familias después de sentirse superados y seguros en su entorno enfrentaron nuevas exigencias del medio, las cuales se hacían cada vez más complejas. Esa necesidad referida a la carencia de algo en el desarrollo del individuo hizo que se disparara la comezón, el deseo de tener lo que otros tenían. Fue normal escuchar a diario estos diálogos, cuando el trabajador llegaba a casa y encontraba a su esposa malhumorada y le preguntaba preocupado:

            -       ¡Mi amor!... ¿qué pasa que te noto rara?

            -       ¡Nada!... ¡molesta!

            -       ¿Y por qué?

          -       Porque la vecina… con un marido con menos sueldo que tú, se acaba de comprar un radio-picó Philips…coño y tú no puedes.

          Todas las casas para ese momento contaban con lo básico y necesario. Los cuartos con sus camas, literas y hamacas, con un pequeño escaparate y un gavetero para meter la ropa interior. La cocina con una pequeña nevera con escarcha, una cocina pequeña de dos hornillas a gas, un molino para moler el maíz, platos de peltre, juego de cubiertos y un par de ollas. El comedor de cuatro o seis sillas, dependiendo del número de hijos que tenía la pareja.

          -       Mi amor... tenemos que buscar una solución. - le inquiere preocupada la señora a su esposo - ¿hasta cuándo vamos a dejar que nuestros hijos estén molestando en casas ajenas para ver televisión.

           -       ¡Tranquila mija!… mañana lo solucionaré.

          El hombre se iba temprano al trabajo y mortificado no se quitaba de la cabeza el continuo martilleo de lo que le había dicho su esposa el día anterior. Al salir del trabajo se iba a la zona comercial y mágicamente aparecía el bendito televisor; pedía un fiado al turco y solucionaba el problema. Con el paso del tiempo, los trabajadores fueron escalando posiciones riesgosas en los niveles superiores de la empinada pirámide organizacional, ésto demandaba cada vez más capacidad económica. Esos niveles estaban saturados de ingredientes psíquicos de la autorrealización, impregnados de necesidades banales y suntuarias.

           Cada vez se iba exacerbando la cochina envidia, al querer tener lo que el vecino poseía. En verdad era un tipo de envidia sutil que motivaba a la gente a progresar, una envidia no tan gorrina sino más bien inspiradora.  Si una ama de casa veía a su vecina sembrar unas matas de cayena y mantenerlas podadas, inmediatamente se copiaba; al cabo de un año todo el campo se veía adornado con matas de cayenas con flores de diferentes colores.

             Esas urbanizaciones fueron de hecho prototipo de la grandes sociedades de consumo, que generaron notorios cambios culturales en nuestro país; donde se vivieron las modificaciones del contenido, los términos y los conceptos de los deseos naturales del ser humano. Pareciera que hoy en día, en contra de lo que decía Maslow, sólo nos preocupamos por tener, por acumular todo tipo de bienes y servicios sin importar la utilidad para nosotros.

           En una oportunidad se dió el fenómeno de que cada casa tenía en las paredes principales de la salita dos cuadros de Leonardo da Vinci: uno la Santa Cena y el otro la Gioconda. El de la última cena fue muy famoso porque las familias disfrutaban poniéndoles un parlamento a cada uno de los apóstoles, con el que explicaban a Jesús lo que había pasado con la mantequilla. El cuadro de la Mona Lisa se usaba para escudriñar en la más profunda intimidad de la misteriosa mujer, qué la había hecho sonreír de tal manera.

          Ya para la segunda década de habitados los campos, comenzaron a aparecer los suntuosos e inverosímiles carros que en su mayoría eran importados del norte. Si el vecino compraba un Ford Escort había que superarlo con otro Ford o un Chevrolet de más categoría. Quienes salieron beneficiados de toda esta epidemia fueron las casas comerciales y vendedores ambulantes que agotaban sus mercancías en un santiamén.

          Esos sistemas habitacionales diseminados por toda la ribera oriental fueron muestras del pujante desarrollo que vivió nuestro país en ese tiempo. Hoy en día únicamente son una muestra de un decadente escenario social, donde se ha tenido que retornar obligado a suplir sólo las necesidades más básicas.

“La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento”- Jakson Brow.

“Dejemos que el individuo solo encuentre su lugar y así la competencia no surgirá, cada uno dejará de ver lo que el otro hace y lo que el otro tiene” - Jorge Bucai.

“La envidia es el arte de contar los logros de los demás en lugar de los propios” - Harold Coffin.


14-08-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

domingo, 7 de agosto de 2022

¿QUÉ ES SER JUSTO PA´ JUSTO?

Por Humberto Frontado


           Decía justo antier el primo Justo que no fue nada justo cuando al abuelo Justo, su abuelo y su papá Justos también convinieron en colocarle justamente el nombre Justo. Según los viejos Justos el nombre Justo trae ajustado consigo una impronta injusta y perpetua obligación de portarse justo en su convivir. De allí que quien lo lleve puede estar sujeto a sufrir desajustes emocionales, ya que sólo pensará en ser justamente justo.

           Antiguamente se creía que el nombre Justo era como una justa espina que mancilla justo en medio del alma y que exige ser justo en su justa medida. Hoy Justo en su íntima justa quiere demostrar su justedad, no por su nombre sino por querer ser sencillamente justo. Piensa Justo que debiera el tribunal de los justos impartir justa sentencia a todos los hombres de justa voluntad.

           Le decía siempre el abuelo a Justo: Tomar justicia por tus justas manos no es justo. Si eres severo impartiendo justicia justamente entre los injustos pagarás justo por pecador. Caminarás sobre el filo de una ajustada espada, si llegaras a creer que por llamarte Justo tienes concedida una divina y justa vara de medida. Considéralo más bien como una mácula llevar tan singular nombre, si te sirve de justo consuelo.

           Su abuelo Justo, pudiéndolo ser, no aspiró nunca el cargo justiciero de jefe civil; pero si fue un justo navegante y constructor de barcos que justificó, por su justa necesidad, hacer lo justo y sin avaricia. Se sintió justo en el centro de un desbarajusto existencial cuando vió a su Dios nada justo permitir que su ahijado Justo perdiera, con apenas diez añitos, su ojito izquierdo.  Consideró siempre como lo más justo universalmente que Dios fuese por encima de todos el más justo e insuflara espiritualmente justicia permanente, como una necesidad de mantener justa armonía entre los justos.

             Por eso el llamado justo de alguien que ha sido coronado con una de las cuatro virtudes cardinales, lo hará llevar justo sobre sus hombros la báscula prejuiciada y desequilibrada que pueda medir la carga de Justicia ente nosotros. Su cuerpo se erguirá en lo eternamente justo, oscilará las cargas conductuales entre los hombres y las compensará en un justo apartado lugar del tiempo.

             “La importancia de ser justo pareciera ser injusta para los Justos y no para los pecadores”.


domingo, 31 de julio de 2022

LAS ORDALÍAS DE JAIMITO

 Por Humberto Frontado



            Jaime, un niño de diez años, caminaba nervioso entre el resto de los estudiantes; había planificado ese día escaparse y no asistir a la escuela. Con cautela se fue desprendiendo del grupo donde venía acompañado de sus hermanos mayores, aceleró el paso y se metió por uno de los callejones llamado Calle de los Ingleses; allí esperó un rato hasta que pasara la hora de la entrada a los salones. Sintiéndose seguro, caminó hasta la avenida Andrés Bello y se dirigió resuelto hacia el recién inaugurado Centro Cívico de Cabimas. El cuaderno que llevaba lo enrolló y se lo colocó en el bolsillo trasero del pantalón. Desde la distancia contempló aquella moderna estructura de cemento que tenía unos toboganes gigantes en el techo. Por un momento quedó absorto buscando en su pensamiento cómo subir allí y deslizarse por las contorsionadas y sinuosas lomas.

            Esperó el momento preciso para atravesar la convulsionada calle y evitar ser atropellado por los carros. Dentro del perímetro comercial iba caminando rápido viendo hacia todos lados, esquivando a la gente hasta llegar al área central, sitio en el cual estacionaban las diferentes líneas de porpuestos y camionetas de transporte. Continuó desplazándose entre los pasillos donde había todo tipo de negocios: carnicerías, verdulerías, ferreterías, frutos secos y especies, etc.

            El muchacho se encontraba maravillado al ver concentradas en un solo sitio tantas actividades diferentes. Después de cruzar el terminal de pasajeros levantó la vista y divisó una zona que parecía una orilla de playa. Veloz caminó hacia el área y quedó extasiado al ver el lago en todo su esplendor. Desde allí podía ver las instalaciones petroleras pertenecientes a La Salina, vió estacionado un inmenso tanquero surtiéndose de crudo. Por la orilla de la playa caminó lanzando piedras al agua y bordeando algunos mangles. En cuclillas frente al estuario, cerró por un momento los ojos para escuchar el chapotear del marullo.

          Después de un buen rato de estar merodeando por el malecón decidió echar un vistazo a un lugar que lo atrajo por su particular olor, era la zona de las pescaderías. Recorriendo entre los pasillos veía con curiosidad los diferentes pescados que se exhibían para la venta.  Sin noción del tiempo se quedó por un momento observando los detalles de los armadillos, hasta que sintió por detrás la proximidad de una mano que se posó en su cabeza. Era su abuela que lo había divisado desde el área de los paileros y lo estaba siguiendo. Antes de que el muchacho se diera vuelta para averiguar quién era, su abuela desplazó su mano en un sutil y rápido movimiento y le agarró por una oreja diciéndole.

          -       ¡Muchacho el carajo!... ¿qué haces tú por aquí?... ¿tú no tenías que estar a esta hora en el colegio?

          A medida que la señora hablaba le iba retorciendo el pabellón de la oreja, se lo llevó de remolque hasta uno de los árboles alrededor de la pescadería. Después de hacerle una retahíla de preguntas y darle un par de cocotazos con los nudillos de la mano, lo tomó por una mano y se lo llevó caminando hasta su casa. El muchacho iba llorando por el camino, pensando en la paliza que le iban a echar, primero su mamá y después su papá al regresar del trabajo.

          Cuando entraron a la casa la madre, que estaba ocupada haciendo sus quehaceres, lo tomó inmediatamente por un brazo y se lo llevó para la salita y con un rejo de cuero que tenía detrás de la puerta le dió tres certeros azotes por las posaderas diciéndole.

           -       ¡Esto es para que agarres escarmiento!

          El muchacho todo marcado lloraba desconsolado en su cuarto.  Después de un buen rato y ya calmada la situación la abuela hizo entrada en el aposento y en plan de consolarlo se sentó en el borde de la cama y le dijo.

           -        Mijo te voy a contar algo que hace mucho tiempo me contó tu abuelo Jaime... que en paz descanse.... cuando él tenía tu edad... era igual de inquieto y andariego como eres tú ahora... un día jugando y corriendo en la salita de su casa en un descuido le tumbó y rompió un radiecito que recién había comprado su papá. Era lo más preciado que tenía ese hombre al momento, allí escuchaba todos los mediodías las canciones de Molero... ese día a tu abuelo le echaron una pela de dios y federación… para que escarmentara… después de aquella paliza pensando que la desobediencia del muchacho era cosa del diablo lo llevaron por la tarde a la Iglesia Principal para hablar con el padre y buscar una solución… al culminar la misa el cura se dirigió a nosotros para hablar. Una vez enterado el padre de lo que estaba sucediendo con el niño, solicitó lo dejaran hablar a solas con Jaimito... El cura habló con el chico, le dijo que él personalmente iba a platicar con Dios para preguntarle sí lo que hacía era obra del diablo o era solo su rebeldía… si el todopoderoso no daba con la respuesta entonces utilizarían las Ordalías establecidas por él mismo;… éstas consistían en unas pruebas que ayudaban a evidenciar la incidencia de satanás en el acusado... Una prueba consistía en atar a la persona y hundirla en el Lago… si flotaba era culpable y si se ahogaba era inocente, ya que el agua tiene la virtud de acoger a los honestos y repeler a los culpables… lo malo con esta prueba es que el acusado absuelto moría… Otra prueba era meter la mano del difamado en una olla con agua hirviendo para que agarrara una piedra en el fondo; si tomaba la piedra y no tenía marcas visibles de quemaduras entonces era inocente, de lo contario era culpable… También había una prueba más sencilla, la cual consistía en hacer que el inmoral comiera un trozo de queso de año con pan rallado… si la persona era culpable entonces Dios enviaba uno de sus ángeles para que apretara el pescuezo de la persona y le impidiera tragar la combinación de pan con queso… el abuelo salió de la iglesia ese día todo cambiado y no dijo nada a nadie sobre lo que le había dicho el cura… a partir de ese día tu abuelo tuvo una conducta intachable, hacía caso a sus padres y hasta sacó su sexto grado.

La vieja se persignó y le echó la bendición al niño diciéndole.

-       Espero te haya gustado la historia sobre tu abuelo.

           Jaimito callado se despidió de su abuela y se metió a la cama. Decidió copiar la conducta de su abuelo y comportarse a la altura. Lamentablemente esa determinación apenas le duró tres días; retomó su inescrupulosa vida con más ahínco, olvidando por completo las infames ordalías de su difunto abuelo.

 

31-07-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez.

domingo, 24 de julio de 2022

CACHIMBA

Por Humberto Frontado


           Un sábado en la mañana, día en el cual salen todo tipo de vendedores ambulantes y el pordiosero de turno, hizo debut un joven adolescente pidiendo le ayudaran, ya que no tenía que comer. Como todo principiante en las lides, el muchacho no consiguió mucha aceptación ya que la gente lo miraba con cierto recelo.  Cuentan los pueblerinos que lo vieron registrando los contenedores de basura buscando algo de comida, situación que no se había visto antes en los Campos petroleros. Esa mañana, un guardia nacional que estaba saliendo de su casa para ir al comando a trabajar vió al chico y le preguntó qué estaba haciendo por allí. El muchacho todo asustado viendo aquel hombre uniformado contestó que solo pedía algo de comer. El militar, contemplando la necesidad de aquel muchacho le prometió un desayuno a cambio de la limpieza del patio de su casa; le dió instrucciones sobre lo que tenía que hacer, además le pidió a su esposa que lo atendiera mientras él estaba trabajando.

         Todos los sábados se veía pasar por la calle al chico a cumplir el compromiso de trabajo que había adquirido con el militar. Después de varias semanas de presencia activa extendió su servicio hacia otros vecinos. Era muy servicial y cumplía a cabalidad los quehaceres. La gente lo fue conociendo como el muchacho que limpiaba los patios. Más tarde se enteraron de que su nombre era Ramón y lo apodaron Cachimba; tal vez por su piel oscura y el pelo chicharrón como San Benito.

             Más adelante el negrito amplió sus servicios según los requerimientos de la gente. Además de la limpieza de patios, realizaba mandados de todo tipo, llevaba y traía recados, hacía las compras en las bodegas.  Ante tanta actividad buscó la forma de estar siempre presente en el Campo para cumplir sus compromisos, así que encontró su hospedaje en los techos de las casas. Allí pasaba las noches y si llovía bajaba y se guarecía en algún garaje de los muchos que esperaban ser ocupados. Por eso en ocasiones los habitantes lo veían saltando como un fantasma de un techo a otro, buscando cobijo.

          Una aciaga mañana varias vecinas despertaron sorprendidas cuando vieron que había desaparecido toda la ropa que habían dejado desplegadas en las cuerdas de tender. Algunas mujeres tenían la costumbre de lavar la ropa por las tardes y dejarla tendida para que se secara durante la noche. La noticia se propagó inmediatamente entre los habitantes de la urbanización. Las mujeres afectadas armaron un comité y fueron al comando de la Guardia Nacional a poner la denuncia. Cuando les preguntaron si sospechaban de alguien, contestaron con una respuesta ya concebida; dijeron que estaban seguras de que el robo lo había hecho Cachimba, un muchacho que tenía tiempo visitando el campo y merodeaba por las noches los patios de las casas.

           El militar encargado de recibir la denuncia no disimuló su enojo ante lo que acababa de escuchar, se trataba del mismo sargento que con toda confianza había permitido la entrada de aquel bandido muchacho a su casa. Se sentía ofendido y defraudado, no podía creer que el chico hubiese hecho tal maldad a los habitantes del Campo.   Salió hecho una fiera en el Jeep de la guardia a buscar al bellaco. Preguntó a varias personas hasta que una le informó que había visto al chamo trabajando cerca en una de las casas.

             El soldado llegó ante el muchacho y sin reparo lo acusó de la fechoría. El joven sorprendido desmintió todo y en su defensa argumentaba que ese día había estado en Lagunillas en casa de su tío. El guardia molesto no creyó lo que decía y lo llevó detenido al comando hasta aclarar la situación. El negro muchacho gimoteaba de rabia y jurando decía que él no había cometido esa la mala acción. La gente que había presenciado el arresto indignada decía "ve lo que resultó ser el condenado negrito", "se le dió confianza y mira lo que hizo el muy desgraciado".

          Pasaron dos días y nuevamente se dispararon las alarmas, esta vez en otro de los campos vecinos; también se habían robado durante la noche las ropas dejadas en las cuerdas. Pero en esta oportunidad la camioneta de vigilancia llamada “la guachimanera” de la compañía petrolera Shell, junto con la guardia nacional habían montado cacería y detuvieron a dos personas que se desplazaban en la madrugada en bicicletas, llevando unas bolsas con la ropa sustraída. El dúo de ladrones provenía de los nacientes poblados aledaños a los campos.

             El sargento al enterarse del hecho descargó su puño sobre el escritorio con toda su fuerza; fue un golpe donde se mezclaba su carácter andino que aún lo embutía, más su conmovedor gesto de alegría que le hizo lanzar al aire.

           -       ¡lo sabía nojoda!… sabía que no había sido Cachimba” … lo arrestamos sin suficientes pruebas… nos dejamos llevar sólo por los comentarios de la gente.

           Inmediatamente dió la orden a un subalterno de liberar al joven y traerlo ante sí. El militar en posición firme estrechó la mano del joven y se disculpó apenado, comentó que todo había sido un error y los culpables habían sido encarcelados.  Lo acompañó hasta el portón del comando y colocándole la mano sobre su hombro le confesó en voz baja.

         -       Mijo que pena contigo… que buena vaina… que al perro más flaco siempre se le pega la garrapata más grande… te espero mañana en la casa.

          Cachimba dolido por lo sucedido no volvió a ir más a los Campos. Comenzó a trabajar haciendo mandados en la zona comercial de la vieja Lagunillas, lo último que se supo era que vendía Lotería de Animalitos entre los barrios de Campo Mío y Párate Ahí.  El pasaje anecdótico del negrito Cachimba quedó plasmado en la memoria de los Cаmроs petroleros como una válida nota moral sobre el prejuicio que muchas veces nos acompaña, distorsionando la realidad.

 

21-07-2022


Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez


domingo, 17 de julio de 2022

JUSTO TUERTO

 Por Humberto Frontado


               -         ¡Que que que..cará!... uuun trooompo chachaavao… uuun coco cordel de de media vida… ti tiró el trooompo y le le le sacó el ojo.

          Este fue el gagueado parlamento que utilizó el curioso niño para resumir el fatal desenlace que había tenido aquel fausto combate entre los dos titanes del juego de metras y trompo.

          Temprano en la mañana, después de desayunar con su pocillo de tibio guarapo y un pedazo de casabe, el joven Justo caminó raudo atravesando toda la casa hasta desembocar en la polvorosa calle. Ese día tenía pendiente enfrentar a Moncho su socio de travesuras.  Acordaron encontrarse frente a la bodega del señor Lolo para jugar pichas. Ese lugar ofrecía fresca sombra durante buena parte de la mañana, las casas daban cobijo y el terreno era óptimo para jugar ya que la señora Chón, la esposa del bodeguero barría todo el frente en las mañanas antes de despuntar el sol.

         Presente los dos muchachos y con los bolsillos llenos de coloridas metras comenzaron a jugar. Iniciaron con la sencilla hueca, después cambiaron a la categoría del tribilín y por último se internaron en el reglamentario rayo. Estuvieron jugando por casi tres horas, demostrando ambos su extraordinaria puntería, a la vez que respetando las normas que habían establecido antes de comenzar y cuya aplicación solventaba discusiones sobre obstáculos que iban apareciendo durante la jornada. Fueron muchos los momentos que discutían y a sabiendas del carácter de Lolo bajaban la voz y pactaban acuerdos. Con el sol a cuesta los dos muchachos establecieron una tregua y se sentaron en la calzada a contaron sus pichas, al no ver ganancia se declararon empate.

         Sin resultados con las metras los dos muchachos decidieron cambiar de juego. Ambos se fueron a buscar sus trompos. Primero apareció Moncho con uno que había heredado de su hermano mayor, quien ahora estaba dedicado al trabajo de pesca. El desesperado muchacho viendo que su contrincante no aparecía   decidió llamarlo con un agudo y codificado chiflido al aire buscando respuesta. Al rato apareció Justo, molesto porque su madre le había encomendado comprar medio centavo de papelón. Viendo que su oponente estaba calentando con el trompo decidió jugar primero y dejar la compra para después, total el papelón era para el guarapo de la tarde.

          Calentaron un rato tirando y cogiendo puntería con algunas piedras del camino hasta que Justo tomó el centavo de la compra y lo tiró en medio del terreno para que sirviera de diana y comenzar el juego. Con magistral movimiento comenzaron los dos oponentes a hacer sus lanzamientos. Uno tras otro iba golpeando aquella lucia y frágil moneda, hasta que se fueron caldeando los ánimos; se decían cosas buscando sacar de concentración al oponente. Fue Moncho quien por una mínima diferencia pierde el combate y tiene que dejar el trompo en el suelo para que se cobre el verdugo. Con certera puntería Justo se cobró y le sacó canela al trompo rival, aquello fue como si una lanza hubiese atravesado a Moncho partiéndole el corazón. La burla y expresiones soeces fueron caldeando los ánimos hasta que más tarde cambió el panorama. En un nuevo lance fue Moncho quien sacó la delantera y ganó la partida. Justo desconcertado colocó su trompo en la tierra para que se cobraran.

          Moncho con cínica parsimonia amarró con fuerza su trompo con la intención de asegurar el más certero tiro. A medida que su amigo ataba su trompo Justo buscó desequilibrarlo vociferando cosas, hasta en rima le dijo.

           -         tira, tira, tira peo / que después me toca a mi / partiré en dos a Lucía / que se echará un peo por ti /

          Aquella expresión retumbó en los oídos del chico y le hizo cambiar de color. Justo se había enterado días atrás que Moncho llamaba a su trompo Lucía, en honor a una bella muchacha que había visto abajo en el pueblo y se había enamorado perdidamente de ella. El muchacho con rabia por dentro tomó puntería y levantó el brazo con impulso para cobrarse la ofensa. El lanzamiento llevaba la intención de partir las entrañas de aquel rancio trompo.

          Y sucedió algo inexplicable: mientras se desenrollaba el cordel del trompo se rompió e hizo que éste saliera disparado hacia otro lado. El artefacto fue a dar directamente al ojo de Justo. Se escuchó un impacto hueco, inmediatamente se dejó escuchar un agudo grito de dolor; al llevar sus manos a la cara observó sangre. Corrió rápido y tambaleando hasta su casa.

           Moncho quedó un rato sin reaccionar, miraba sin profundidad el pedazo de cabuya que le había quedado en su mano derecha. Los vecinos al escuchar los gritos se agolparon frente a la casa del herido. Se enteraron de lo sucedido por boca de Cucho, el niño gago. El pequeño cronista había presenciado todo aquel encuentro de principio a fin, sentado en su sillita recostada a la pared. La angustia vivida ese fausto momento exacerbó su problema de tartamudez. Ubicado en la entrada de la casa del accidentado iba contando a todo el que entraba preguntando por lo sucedido. A medida que hablaba y transcurría el tiempo la lengua se le torcía como una culebra dentro de la boca hasta que explotó diciendo.

       -         ¡co co cooño!... buuusquen aaa oootro que que que eeche el el cucucuento… ¡nononooojoda!

          Montaron a Justo con su mamá en un carro que pasaba y lo trasladaron a toda velocidad hasta la medicatura. Después de una profunda limpieza e inspección el médico dictaminó que el impacto del objeto había sido tan fuerte que el muchacho había perdido el ojo. Pasaron los días y ya recuperado el joven Justo comenzó a integrarse a su rutina. Pensaba que, igual como a otras personas del pueblo con algún defecto físico, tarde o temprano le iban a cambiar su nombre; en su caso lo más seguro era que lo llamaran “Justo Tuerto”.

          Un día en la tarde aparece el padrino de Justo para saber el estado de salud de su ahijado y visitar a sus compadres. Al momento de ver a su amparado, el padrino buscando disminuir el sufrimiento de aquel muchacho le comentó

             -         ¡Que buena vaina Justico!.. ¡como viniste a perder ese ojito!

          Y el muchacho en su inocencia le respondió.

           -         ¡No jombre padrino!.. ¡pá lo que hay que ver aquí en Coche!.. con un ojo me basta y sobra.

 

 

14-07-22.

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez.

Nota: Cualquier parecido con el nombre, el carácter o la historia de cualquier persona es pura coincidencia y no intencional.

domingo, 10 de julio de 2022

¿ERES LIBRE?

 Por Humberto Frontado



            Hace días un hombre viejo se aproximaba caminando a la panadería en donde acostumbraba a comprar su apetecido pan dulce. Antes de entrar al negocio se detuvo frente a una blanca pared que tenía el local lateralmente y leyó, escrito en un negro profundo, la frase hecha pregunta: ¿Eres libre? El hombre quedó pensativo un momento releyendo la escueta línea hasta que el sol ya despuntando calentó su espalda y decidió entrar al negocio a cumplir su cometido. Compró su ración de pan y al salir del negocio volvió a ver aquel sardónico grafiti que lo aguardaba. Se preguntó: ¿Qué pretensión tendría el atrevido personaje para escribir esa incomoda frase?

           El sexagenario llamado José llegó a su casa y tomó una taza de café que su esposa le había dejado sobre la mesa en el lugar de siempre. Tomó un pedazo del pan azucarado y lo introdujo en la taza. Embebió el mendrugo con aquella tinta negra mientras sucumbía inconsciente en la anchurosa bendita frase que no podía sacar de su cabeza. Durante el tiempo en que se comía su acuosa migaja cerró sus ojos para disfrutarla a plenitud, de repente apareció en su mente una imagen donde él se acercaba a los barrotes de una alta ventana, entretanto agudizaba los oídos para poder escuchar a lo lejos el canto de unas gaviotas. Levantó su cabeza e inhaló profundamente el aroma salino que provenía del mar cercano. Perturbado se retiró lentamente de la ventana y al voltear su rostro recordó que se encontraba en un calabozo. Detalló lentamente aquel recinto y notó que en una de las salitrosas paredes había algo tallado. Los tenues rayos de sol que lograron colarse entre las oxidadas vigas iluminaron por un momento aquel jeroglífico permitiendo descifrarlo; allí estaba, era la misma expresión: ¿Eres libre?

          José, de 27 años, había trabajado bajo las órdenes de su padrino Nicolás transportando mercancía entre los pueblos costeros que se encontraban desde el centro hasta el oriente del país. En uno de los arribos a Puerto Cabello la Seguridad Nacional les incautó el bote donde comerciaban y ellos fueron detenidos. La Seguridad Nacional era un cuerpo policial que actuaba bajo lineamientos directos de la presidencia y su objetivo primordial era buscar y mantener al margen a los disidentes del régimen. Durante varios meses el ahijado y su padrino cumplieron la injusta condena, encerrados en los calabozos de la cárcel de Puerto Cabello.

          Frente a su casa, el viejo jubilado sentado en una silla de mimbre y bajo la sombra de un frondoso mango daba rienda suelta a su cabeza, con la seguridad de que encontraría la respuesta a la gloriosa pregunta. Comenzaron a desfilar por su mente toda una serie de situaciones y eventos, y consideró que combinándolos podía obtener una respuesta favorable a la ambigua pregunta de la panadería. Recordó con regocijo tiempos de su niñez, cuando después de subir los cerros se venía sudoroso con sus amigos a la playa y corrían salpicando al paso por toda la orilla para llegar al lugar acostumbrado, donde se bañaban hasta que el hambre les exigiera. No se pensaba en miedos ni preocupaciones, ¿estaría allí el significado de ser libre?

          Desde las inocentes escenas de su niñez saltó a un más reciente recuerdo ideológico, cuando vió una entrevista que le hacían a un viejo exilado político hablando de su foránea libertad. El leguleyo hombre hacía hincapié en el impacto que había tenido durante su destierro la famosa frase del filósofo Sartre que decía: “El hombre está condenado a ser libre”. Sartre era ateo y rechazaba la idea de un ser superior que determinara su existencia; por tanto, veía la libertad como una penitencia. La existencia nuestra, comentaba el repatriado, se debe a la sumatoria de las acciones y decisiones a lo largo de nuestras vidas; sin embargo, estamos obligados a elegir permanentemente con responsabilidad dentro de esta libertad.  

          Otra retahíla de recuerdos apareció y se preguntó: ¿si he nacido sin haber escogido a mis padres, tampoco la fecha de mi nacimiento y mucho menos mi nombre, entonces he sido libre? Pareciera que comencé mal. Si soy partidario de creer en un ser supremo al que le voy a deber por siempre todo lo que hago y, además me otorga un libre albedrío que se ciñe a sus designios, tampoco ésto me hace libre. Todo este panorama enturbia la búsqueda de mi repuesta.

          El hombre entró sigiloso a su casa, ya en la sala fue directo a una vieja enciclopedia que tenía en un estante y empezó a buscar información. Encontró que la libertad estaba definida por la capacidad que tenemos de actuar, pensar y sentir sin estar condicionado. Siempre hemos de estar condicionado se dijo decepcionado y cerró el gran tomo. El viejo después de recapacitar un rato se fue al fondo de su casa y revisó unos trastes que había en el depósito. Transcurrido unos minutos salió portando en su mano derecha una pequeña brocha impregnada de pintura negra, que dejaba caer algunas gotas en el piso de la casa mientras la atravesaba. Abrió el portón y dejándolo abierto siguió caminando hasta la esquina donde estaba la panadería. Se acercó a la pared lateral del local y escribió un rotundo “NO” al lado derecho del ávido grafiti. Regresó de nuevo a la casa y se encontró con su esposa que le pregunta sorprendida.

          -       ¡José!… ¿Qué haces con esa brocha en la mano?

        -       ¡Estoy haciendo honor a la poca libertad que tengo! – contestó el anciano tomando nuevamente asiento y dejando caer a un lado el pincel.

10-07-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez.

Resumen de la ultima entrega

APOSEMATISMO POLÍTICO

  Por Humberto Frontado                                               A parcados en una espesa jungla de absurdos ideales, son seres...