domingo, 26 de junio de 2022

ABEJAS CABIMERAS

Por Humberto Frontado



           En horas de la mañana llegó a toda prisa al hospital General Adolfo D´empaire uno de los reporteros de la corresponsalía de Cabimas, del diario Panorama de Maracaibo. El periodista se dirigió a la sala de información y preguntó impaciente por la ubicación del hombre que había sido recluido por el ataque de unas abejas africanas. Aquel buscador de noticias se dirigió al cuarto donde le habían indicado estaba el pobre hombre. Después de saludar a los presentes en la habitación, se presentó enseñando una credencial que tenía prendida del cuello. Comenzó diciendo que venía de la estación de bomberos donde le habían dado información lo sucedido. Acercándose al lastimado le pregunta.

        -         Señor sería tan amable permitirme hacerle una entrevista sobre lo sucedido con su horroroso caso - el adolorido hombre asintió con la cabeza - Esta es una noticia muy importante que debe conocer la gente de Cabimas y el Zulia ya que este tipo de abejas son muy peligrosas y hay que poner la población en alerta… para comenzar dígame su nombre, lugar de nacimiento y dónde trabaja.

         -         Me llamo Antonio Frontado – comenzó a hablar el viejo con cierta dificultad - nací en la Isla de Coche y me vine a Cabimas un veintisiete de febrero del mil novecientos cincuenta y le trabajé a Creole hasta que me jubilaron, el cuatro de marzo de mil novecientos setenta y siete.

             -         ¿Cuántos años tiene señor Antonio?

             -         Tengo sesenta y seis cumplidos.

         -         Cuénteme con todo detalle ¡como fue que se enfrentó a las abejas asesinas?

           -         Bueno mijo… yo tengo la costumbre de ir todos los domingos, después de asistir a la iglesia, a visitar mi hermano en el cementerio que tiene dos años que falleció… Tomé un carrito de H-Cabillas y fui al camposanto… al llegar me fui directo a la tumba de Castor…. después de limpiar un poco el monte que crece alrededor… me puse a rezar y mientras lo hacía escuché un ruido extraño cerca de mí… detuve el rezo y caminé hacia donde pensé venía aquel ruido…me sorprendí cuando ví en una tumba vecina, que se encontraba abandonada y descubierta, un enorme enjambre concentrado en el interior de la fosa… no tuve tiempo de reaccionar… como flecha se abalanzaron hacia mí, tal como una lluvia de dardos venenosos… me tapé la cara y traté de correr hacia la salida pero aquella nube negra me arropó encegueciéndome… perdí la orientación y caminé trastabillando entre las tumbas hasta que una de ellas cedió a mi peso y caí dentro de ella… allí encima de una urna ajena y sin poder moverme me acribillaron… se metían por los oídos haciendo un zumbido diabólico , cada vez que trataba de gritar se metían en mi boca buscando asfixiarme… no podía abrir los ojos… grité con todas mis fuerzas, escupiendo algunas como podía y escuché a lo lejos una voz femenina que gritaba pidiendo ayuda… ya sin fuerzas sentía en todo mi cuerpo un dolor abrasivo, brusco y agudo que cercenaba mi alma y me hacia desfallecer….. parecía que cada vez aparecían más y atacaban con más fuerza… Pedí a la Virgen del Valle que me ayudara y espantara con su manto aquella nube maligna que me asesinaba… levanté los brazos implorando piedad a Dios… hasta que dije “si ésto es un castigo, entonces que me maten” y me quité la camisa rompiendo los botones para que terminaran conmigo… me desmayé… Dicen que al rato llegaron los bomberos, pero no pudieron hacer nada. Decidieron esperar hasta que se fueran las abejas… Me sacaron de la tumba y me trasladaron hasta aquí… tengo ya tres días y todavía me siguen       sacando aguijones de la cabeza.

           -         Me contó su esposa que le han extraído más de trescientos.

           -         Así es… en la boca encontraron muchas abejas muertas, también en las fosas nasales y en los huecos de los oídos, las condenadas tenían la misión de matarme… El primer día no podía respirar y menos hablar, la lengua estaba tan hinchada que no cabía en mi boca… todavía estoy inflamado a pesar de haber recibido muy buena atención… he tenido que estar sin camisa porque me arde la piel… pareciera como si me hubiese quemado… la cara, la cabeza, brazos y manos fue donde más se ensañaron… como dijo una de las enfermeras cuando llegué “se parece a un monstruo” … estaba todo desfigurado.

        -         Señor Antonio a qué le atribuye usted el que haya resistido todo el embate de las abejas asesinas.

         -         Bueno, según dijo el doctor estoy vivo gracias a que no soy alérgico; además, a que tomo mucha leche de cabra… yo creo más bien que todo se debe a que como mucho armadillo en coco, además de las atenciones de mi mujer, mi enfermera de cabecera.

           -         ¿Qué ha usado en el tratamiento de las picaduras?

           -         Bueno el primer día me untaron por todas las partes afectadas pasta de dientes, porque era lo que había… después llegó una vecina con una baño de vinagre y bicarbonato que me alivió bastante… más tarde me pusieron rodajas de cebolla por todo el cuerpo… además de mostaza, barro con agua, sábila, albahaca molida con perejil… hasta un desodorante Mum Bolita me han echado… ahorita estoy blanco por la loción de calamina que me pusieron temprano… Vamos a ver qué me colocan mañana, ojalá no vaya a ser guate é gallina.

           -         ¿Y cuántos días va a estar en el hospital?

         -         El doctor dijo que iba a estar en observación por una semana… todo esto por la edad que tengo.

          -         Señor Antonio gracias por todo… para que sepa usted, antes de venir información busqué sobre este tipo de abejas; encontré que son una especie híbrida que provienen de Brasil. Se han venido desplazando por toda América, atacando a todo el que se le atraviese en su camino. A diferencia de otras abejas, éstas protegen su colmena con mucha más agresividad… Mañana esté presto porque saldrá en el Panorama, en la sección de sucesos con este reportaje… hasta luego y que se mejore.

           Efectivamente, como había dicho el corresponsal, al día siguiente apareció hasta con su foto la historia sorprendente del fausto encuentro entre el señor Antonio y las abejas africanas; se cerraba la nota con un comentario: “ojalá el doctor me dé de altas el sábado para ir el domingo a visitar a mi hermano”.

 

26-06-2022

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

domingo, 19 de junio de 2022

EL CONTORSIONISTA

 Por Humberto Frontado



           Un escuálido niño cumpliendo su trabajo de mandadero, serpenteaba raudo entre los transeúntes que se desplazaban por la avenida principal de la pujante ciudad de Cabimas. Tenía ratos en ese menester hasta que un escueto aviso colocado en la cartelera de las películas del prestigioso Cine Principal llamó su atención. Era un anuncio sobre un espectáculo que por primera vez se llevaría a cabo en el cine, dos días después. Se trataba de una función vespertina que realizaría el circo chino “El Dragon Rojo” antes de proyectar la tan anunciada película de “El Santo contra las Momias de Guanajuato”. Informaba de un evento internacional con malabaristas, impactantes actos de magia oriental y una exquisita contorsionista.

            El muchacho quedó cavilando sobre aquel raro espectáculo mientras caminaba cumpliendo su quehacer; iba pensando en el costo de la entrada y sobre lo que tenía que hacer para pagar el boleto. Prontamente se puso a trabajar en la consecución del dinero. Comenzó con ahínco a hacer diligencias a los comerciantes de la zona, trabajó llevando recados y mercancía de un lado para otro entre los pequeños negocios que constituían el Pasaje Sorocaima y el Mercado Municipal en el centro. Al medio día de la fecha del acto del circo vió que todavía le faltaba un medio para completar el uno cincuenta que costaba la entrada para los niños. Se dejó de pendejadas y fue hablar con uno de los viejos comerciantes al que le hacía frecuentes mandados. Pidió le prestara el faltante, comprometiéndose pagarlo con trabajo. El anciano pasándole la mano por la cabeza, con un gesto de aprobación se lo prestó.

           Al llegar a su casa contó a su madre que tenía que bañarse y salir pronto ya que se había comprometido hacer un mandado a uno de los turcos de la avenida. La mujer concentrada en su quehacer no le prestó mucha atención.  El muchacho salió con premura hacia el cine y se quedó cerca de la entrada mirando a la gente que entraba. Después de un rato vió que venía hacia la boletería uno de los hombres más populares en el mercado. Se trataba del señor Vicuña, especialista en bebidas y licuados; creador, según él, de la mejor pera de la bolita del mundo.  Caminó hacia el viejo y entregándole el dinero de la entra le pidió que le comprara la entrada, además le dijo que lo acompañaría a entrar, ya que no dejaban pasar niños sin representantes.

         En el interior del cine aquel niño quedó impresionado por el conjunto de luces, además del movimiento de gente que había en el recinto, sentándose alrededor de una gran circunferencia. Sentado el chiquillo en una de las largas banquetas de madera pintadas de azul, espera impaciente el comienzo del acto. Justo a la hora que se había indicado suena sorpresiva una fanfarria con acordes achinados, anunciando el comienzo de la distracción. Todos los artistas con sus vistosos atuendos lentejuelados desfilaron entusiasmando a los espectadores. Se fueron presentando los actos, cada uno superado por el siguiente.

          Llegó el turno del Malabarista haciendo una entrada estrepitosa, tirando cuatro platos de liviano peltre al aire que pasaban casi rozando las cabezas de los presentes para luego aterrizar, como atraídos por un magneto, sobre una varilla agarrada con la boca, otro en el pie derecho y los otros dos en los índices de cada mano sin parar de girar; mientras se balanceaba en equilibrio sobre un cilindro de madera con el pie izquierdo.

          Siguió el acto de magia, donde se tomaron tres voluntarios del público para adivinar cartas que escogían momentos antes; lo más deslumbrante fue cuando el mago le adivinó a los tres el último número de su cédula.

          Continuó el espectáculo de la mujer serruchada por la mitad, aquella impecabilidad en el corte sin roja salpicadura y la falta de un agudo grito de dolor dejo impávido al muchacho; el resto de los espectadores aclamaron el acto con un seco “oooh” de asombro. Para el final dejaron el acto que el chico estaba esperando ansiosamente, lo intrigaba el retorcido e incierto nombre de la presentación.

           Aparecieron dos asistentes con una pequeña tarima, cubierta de una tela rojo púrpura con un borde dorado, y fue colocada en el centro del círculo. Mas tarde enmarcada en una música de ancestral timbre oriental apareció danzando la contorsionista. Movía con ella un sinuoso y fino pañuelo morado que hacía resaltar el blanco de aquel sutil rostro de porcelana casi geishado. Aquella preciosa y delicada niña fue subida tenuemente a la roja tarima por los dos asistentes. Transcurrido un corto periodo estático se fue moviendo lentamente, como si se estuviera derritiendo con el calor de la tarde. De espaldas al niño, se fue doblando a tal extremo que logró pasar entre sus piernas y quedar mirando de frente, sin mostrar el menor esfuerzo. El muchacho impresionado veía aquellos movimientos de la niña como si emulara los sinuosos desplazamientos de una culebra, el equilibrado balanceo de una cerbatana mientras caza o el original arqueo defensivo de un alacrán.

          La albina artista cerró el espectáculo colocándose boca abajo y pasando sus pies hacia delante por encima. Colocó ambos pies sobre la cabeza y luego a los lados. Por último, los levantó y movió en un cordial saludo para todos los presentes. Otra gran fanfarria se dejó escuchar, anunciando el final de toda aquella impresionante gala artística. El público aplaudió emocionado a todos los virtuosos que se presentaron en el centro del redondel. El muchacho se apresuró hacia la salida ya que se le había hecho tarde. Al entrar a su casa pidió la bendición a su madre y pasó a la cocina a ver si le habían dejado algo, miró a su mamá y le leyó el pensamiento: “el que está en la calle come calle”; así que ni se molestó, total ya había cenado y quedado satisfecho al contemplar tan inolvidable espectáculo.

          Al momento de acostarse comenzó a preguntarse cómo hacer para emular lo que había hecho la simpática chinita.  Estuvo dando vueltas a la cabeza pensando en preguntarle al chino de la tintorería para que lo asesorara sobre el tema; o hablar con el maestro de deportes, cuando se reintegrara a clases al terminar las vacaciones. Pensaba que seguramente el maestro lo pondría a hacer gimnasia, con rutinas diarias de ejercicios de flexibilidad con lo cual lo lograría. Así siguió toda la noche pensando en las contorsiones hasta que quedó sumido en un profundo sueño.

          En la mañana temprano despertó agitado, se incorporó sentándose en la orilla de la cama mientras ajustaba sus pensamientos. Volvió en sí, recordando que había tenido un agitado sueño donde recreaba un episodio de su niñez cuando había ido a ver el circo chino. No supo si fue parte del sueño, pero vino el recuerdo a su mente de una escena más dramática. Vió a su adorable chinita tomar el puesto de la pobre Cándida Eréndira cuando fue tomada por sus asistentes: uno por los brazos y el otro por las piernas y comenzaron a exprimirle el copioso sudor que le había provocado la intensa actividad sexual que había tenido ese día; así retornaba nuevamente a la actividad para lograr pagar la deuda que, por su descuido, había contraído con su abuela desalmada. Frente al espejo mientras se cepillaba los dientes, veía atrás cuando daban por finalizado la sustracción de fluidos corporales y acicalaba a la sufrida muchacha.

          Pensó que estaba en un momento y espacio donde todo era permitido. Osó entonces pensar en todo conjugando el verbo “contorsionar”. Repetía gritando “Yo me contorsiono, tú te contorsionas, vosotros os contorsionáis hasta desaparecer”. Riéndose con estruendosas carcajadas logró ver en el espejo un abstracto ser sin forma ni sentido.  Se preguntó si hábilmente había contorsionado su cartera y su paupérrimo salario… Si he doblado las articulaciones del presupuesto mensual llevándolo al margen dinámico de su elongación, ¿qué no puedo hacer?... El septuagenario hombre en un trance estático pensó que podía contorsionar su cuerpo hasta desaparecer, olvidarse de todas y cada una de sus infinitas preocupaciones. Así lo hizo, consiguió doblar su cuerpo de una forma tal que logró introducir la cabeza en su ducto rectal, lo último que dijo “se fue la luz”.

 

18-06-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

domingo, 5 de junio de 2022

UN APETITOSO CUENTO CHINO

Por Humberto Frontado



            Hace días un amigo me contó sobre un curioso encuentro que había tenido. Comentó que meses atrás, después de haber pasado casi un día en la inmensa cola de la estación de servicio de La Salina para poder echar gasolina, ya de regreso a su casa por la Avenida Carnevalli, después de pasar el restaurante chino observó que iba caminando lentamente un señor de edad. Al verlo se detuvo para darle la cola y en automático se colocó el tapabocas. El peatón se detuvo y escuchó al chofer cuando le ofreció llevarlo. Al saludarlo el conductor se dió cuenta que conocía al pasajero.

          Se trataba del dueño del restaurante chino que habían dejado atrás. El hombre emocionado se dirige al viejo.

      -       ¡Señor Luis soy yo José!… él que venía a China City, su negocio, casi todos los sábados a comprarle arroz chino y lumpias... ¿se acuerda?

          El viejo oriental ajustando sus lentes lo detalló y con agrado le respondió.

     -       ¡Hola José!… ¡claro que sí!... ahola si me acueldo… ¿cómo has estado?... tenía años que no te veía.

     -       Sí, es verdad don Luis… tenía muchos años que no venía por aquí… ¿y usted qué rumbo lleva?

     -       Voy pol aquí celca…  voy al negocio de mi hermano… está diagonal al banco Venezuela.

       -       ¡Ah sí!… ya sé, el restaurante Gran China.

          Después de hacer un breve recorrido, llegaron al destino del anciano oriental, quien antes de bajarse le dijo.

      -       Señor José glacias pol la cola… selía usted tan amable de acompañalme y tomalse un café conmigo… así hablamos un poco.

           José agradeció el gesto del longevo hombre y casi a punto de rechazar la invitación meditó unos segundos y la aceptó. Estacionó el vehículo y se dirigió al local. Hizo entrada al restaurante lentamente detrás del viejo. Atravesaron aquel despintado dintel soportado por dos roídos dragones dorados esculpidos que custodiaban aquel recinto. Se dirigieron hasta el fondo; mientras caminaba atravesando aquel lúgubre sitio José se acordaba de la similitud que tienen todos los restaurantes chinos.

           Al entrar no veía nada ya que estaba encandilado, pero ipso facto apareció en su memoria, atraído por el envolvente olor que había en el ambiente, las costillitas y el pollo en salsa agridulce, las lumpias y el arroz chino. Recordó las sencillas mesas de madera, cubiertas con manteles rojos y adornadas con un centro de mesa negro en diagonal. Cortinas rojas cubriendo toda las paredes y tapando las ventanas; una luz tenue que no deja ver a los comensales vecinos; en ocasiones un mural alusivo a la cultura oriental. Transcurridos unos segundos parpadeó sus ojos para recuperar claridad y corroboró todo lo que había pasado por su mente. Los dos amigos tomaron asiento en una de las mesas mientras salido de las rojas tinieblas se les acercó otro rancio señor a saludar. Se trataba del hermano de Luis casi tan viejo como él. Con un fuerte abrazo saludó a su hermano en un idioma quejitroso y sin sintaxis sonora. Fue hacia José y con un apretón de mano se presentó como Simón.

          José siguió con la mirada al reciente conocido hasta que la oscuridad lo engulló, regresó al encuentro con Luis y en un gesto de confidencialidad se le acercó y comentó.

-       Luis… te voy a contar una cosa y quiero que me perdones… desde muy joven siempre sentí curiosidad por ustedes los chinos… en Lagunillas muchos años atrás había también un restaurante chino ubicado en el nuevo centro comercial… por allí pasaba de regreso a la casa después de ir de la escuela técnica. Una vez, cansado y con sed decidí entrar al negocio y pedir agua. Dentro del local caminé unos metros en la penumbra y a mitad del camino sin encontrar a nadie grité saludando, dando los buenos días. Sorpresivamente salió un hombre achinado todo sudoroso en franelilla blandiendo un enorme cuchillo en la mano y gritando, diciendo un poco de cosas en tu idioma… Salí despavorido como alma que lleva el diablo, llevándome las mesas por delante… después de eso le tenía miedo y rabia al sitio y a los que allí estaban… lo más trágico es que a otros amigos le había sucedido algo similar… Más tarde vinieron a reforzar mi negativa percepción hacia ustedes todas las leyendas urbanas que se tejieron año tras año sobre los restaurantes chinos… decían que comían perros, gatos y hasta ratas… que vendían platos hechos con carne humana envuelta en rollitos de primavera.

-       ¡Es veldá, José! – responde el anciano con desgastada voz mientras se acomodaba en su asiento - a nosotlos nos ha costado desmentil todo eso, hemos tenido que plestal y mantenel un excelente selvicio en nuestlos lestaulantes; eso pelmitió que en cada sitio impoltante del mundo apaleciela uno.

-       La gente decía irónicamente que un restaurante chino guardaba más secretos y misterios que una hermética logia de masones… la gente se preguntaba cómo era posible que se mantuviera un negocio que casi no era visitado, preferían ir a McDonald´s, Arturo, KFC o Pizzas Hut.

-       José la mayolía no entiende que la folma en la que nosotlos tlabajamos es difelente a cualquiel otla… nosotlos tlabajamos con un sistema de negocio colabolativo. Estamos integlado en estluctulas familiales que son el núcleo del negocio, siempre nos socolemos ante alguna eventualidad… No hacemos pléstamos a ningún banco, pala eso está la familia. Cuando llega un nuevo Chino a cualquiel país lo plimero que hace es leunilse con su familia y ponelse a tlabajal… lamentablemente estos últimos años, en todas paltes del mundo, hemos vivido una veldadela clisis, ya que nuestlos hijos plefilieron estudial y hacelse plofesional pala liblalse de la esclavitud de la cocina… nosotlos vinimos a cocinal pala que nuestlos hijos no lo hicielan.

-       Luis y qué hay de cierto sobre lo comentarios que ustedes no entierran a sus muertos, sino que los congelan y se los van comiendo poco a poco… es raro oír aquí sobre un sepelio de un chino… se puede escuchar de un entierro de un árabe o de un italiano… pero nunca de un chino.

-       Ja, ja, ja – el anciano casi se desternilla de la risa cuando escuchó aquella confesión – tienes lazón José… pelo la lespuesta es sencilla… nosotlos tenemos la tladición de incinelal a nuestlos mueltos y envialos a su pueblo de oligen… igual cuando estamos muy viejos o plonto a paltil nos llevan de legreso a nuestla tiela… ja ja ja… pol eso es que no llegamos a ocupal sus cementelios.

-       Otra pregunta amigo Luis… y no es cuento chino… ¿por qué el arroz chino de Venezuela es tan bueno y no se consigue en otro restaurante chino de otro país?

-       Cada país tiene sus costumbles y gustos, nosotlos al inculsional en la cocina fuimos ajustando los platos a la aceptación de ustedes… pol eso no encontlalas el aloz chino venezolano en Algentina, España o México… no fue fácil en la década de los setenta cuando llegamos a difelentes legiones del país, íbamos poniendo nuestlos platos y fue todo desastloso. Al venezolano no le gusta el aloz blanco solo y menos comelo con palillo… ¿te digo un secreto?… la comida china venezolana no es veldadela comida china, es una tlopicalización que caló con el tiempo aquí… no fue fácil que aceptalan la salsa aglidulce… una pequeña dosis de glutamato tlansformó solprendentemente la apetencia hacia nuestlos platos… que en lealidad ya no son platos olientales, ahora son occidentales… así que amigo José… “tu aloz chino palece, pelo chino no es”.

04-06-2022

 

Colector de estilo: Elizabeth Sánchez

domingo, 29 de mayo de 2022

MUTANTE HOMICIDA

Por Humberto Frontado



            -           ¿Qué llevas en el bolsillo del pantalón?... se te ve un bulto ahí – pregunta pícaramente la madre al hijo que estaba a punto de salir para la escuela.

                  -         ¡No… Nada! – contestó apresurado y nervioso el muchacho.

             -         ¿Cómo que nada?... déjame ver – inquiere la mujer al momento de agarrar al niño por el brazo. Le dió media vuelta y al revisarle el bolsillo encontró un pequeño objeto, a lo que preguntó.

                  -         ¿Qué es esto que tienes aquí?

                  -         ¡Una honda! – responde tímidamente el niño.

                -         Ya te hemos dicho que no puedes llevar esto a la escuela… porque te van a llamar la atención.

                -         Es que yo no la saco en la escuela… la saco cuando estoy en las casas de solteros para matar lagartijas y machorros

           Sin reparo y mucho menos consideración, la madre le decomisó el arma al hijo, quien partió casi llorando sabiendo que le habían truncado su pecaminosa diversión.

           Esta pequeña historia era común y se repetía frecuentemente en las casas a la hora de la disimulada inspección que hacían las madres, más aún cuando tenían entre sus hijos alguno medio aventurero e intrépido. Ellas mismas confesaban que era mejor solucionar el inconveniente en la casa y no tener que ir a pasar vergüenza en la dirección de la escuela por la desobediencia de uno de los muchachos. Era normal que un niño atrevido se llevara escondido en el bulto un corta uñas o una pequeña navaja, con el objeto de llamar la atención entre sus compañeros. Cuando estos objetos eran detectados por los maestros se citaba al representante. Si ocurría algún uso inadecuado contra otro alumno podía ser expulsado del Instituto. Muchos de estos eventos se evitaban por la participación oportuna de los padres que, pendientes de los hijos, detectaban en su conducta alguna alocada pretensión.

           Esa pequeña referencia histórica la podemos usar como un iluso punto de partida, que luego el tiempo y nuestra volátil sociedad cambiaron y la hicieron desembocar en un horripilante episodio. Ya es normal que los medios de comunicación nos muestren aterradores momentos en las escuelas, donde jóvenes con armas de fuego asesinan sin piedad a sus compañeros. También es normal que los líderes de países salgan a declarar, le dan vuelta al asunto y no resuelven nada.

           Después de ocurrir los monstruosos eventos se debaten entre angustiosos argumentos de responsabilidad. Unos dicen que todo se debe a la influencia de los maquiavélicos videos juegos; otros a la espectacular cobertura que dan los medios de comunicación, que hacen ver al fatídico evento como un espectáculo hollywoodense envuelto en influyentes y adictivas luces, o peor aún hacerlo ver como una Netflitesca serie, que en cada capítulo nos depara nuevas sorpresas de lo que serán las interminables temporadas.  

           En un tira y encoge los políticos hablan hasta el cansancio de lo influyente que son las armas y lo permisiva que es la ley que acredita su tenencia. Eso dura hasta que las lágrimas de dolor de los padres se sequen, unos días después pasa todo al olvido. Los más psicoprácticos atribuyen todo al descuido de los padres o la persuasión de los inesperados actos en los chicos.

        Lo cierto es que todo esto tiene demasiadas aristas que influyen en distintas y aleatorias proporciones. Una primigenia podría ser  darle más importancia a la conducta de nuestros chamos. Pensar que está primero el consultar con un psicólogo sobre su desvaríos de conducta que el ir al odontólogo para corregirle con un bracket un diente desviado… pareciera que nos quedamos en el tiempo pensando en la inocente honda.

 

29-05-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez.

domingo, 22 de mayo de 2022

MI RANCIA MEMORIA

Por Humberto Frontado



           Una mañana con su costumbre cronometrada, el señor Cucho se dirigía en su bicicleta desde su casa ubicada en San Pedro hasta el pueblo de Valle Seco. Iba a ver a su madre y su abuela, además de atender el Bar Unión Fraterna y la bodega. Cruzando la salineta observó que desde la entrada del muelle un señor mayor, alto y gordo le hacía insistentes señas con un pañuelo en la mano. El hombre tenía rato esperando a alguien que lo ayudara. Había caminado con dificultad el vetusto muelle de madera, cargando una vieja maleta de grueso cuero, cubierta por todos lados de sellos y etiquetas. Hacía rato que había llegado en un bote rentado desde la isla de Margarita.

          El ciclista detuvo su marcha para atender al anciano, platicaron un rato y siguieron caminando hacia el pueblo. El visitante, todo sudoroso hablando un estropeado español, buscaba alojamiento en alguna casa del pueblo. El señor Cucho le alquiló un pequeño cuarto detrás de la bodega que él atendía. Consiguió que su mamá le cocinara las tres telas, todas acompañadas con pescado, y también el servicio de lavandería.

           El viejo comentó que venía de Francia y había llegado hacía una semana a Margarita. Conversando con la gente del pueblo obtuvo información sobre la Isla de Coche, decidió entonces que ese sería el lugar específico donde pasaría el resto de su tratamiento. Era el sitio que cumplía a cabalidad las recomendaciones impartidas por su médico, allí se recuperaría de su enfermedad de hipotiroidismo. Le había recetado el seco sol del caribe y la brisa yodada para poder recuperar su cabello, desprenderse de los continuos e intensos escalofríos, bajar el sobrepeso y aclarar la garganta. La humedad y frío de su ciudad natal, así como el sedentarismo en el que había estado tanto tiempo, habían hecho estragos en su condición física.   

           En su primera caminata matutina por la orilla de la playa el extranjero se encontró con el viejo Tello, un vecino del pueblo que diariamente hacía su recorrido costero. El viejo marino había adoptado desde hacía tiempo la misión de acicalar la orilla de la playa de cuantas cosas y objetos llegaran a ella. Decía “siempre me trae algo, así sea limo o sucias conchas”. El viejo Tello tenía su casa cerca de la costa, la cual estaba fortificada por una blanca pared hecha de conchas de Botutos; alrededor había toda clase esculturas marinas hechas de escombros que iba recolectando desde hacía mucho tiempo; decía que “cada una de esas cosas tiene su importancia de encuentro con la memoria del mar”.

          A medida que iba haciendo amigos, sobre todo los viejos, el francés iba estructurando una clara visión de la idiosincrasia del pueblo Vallesequero. Tomó la costumbre de los paisanos: por las tardes recostaba su silla a la pared de la bodega, se sentaba con una tasa de guarapo y esperaba a que alguien se le acercara para hablar de cualquier cosa. A veces se mudaba de sitio cuando veía que Chico, el vecino del lado, se arrecostada para entablar conversación mientras se iban agregando otros contertulios. En corto tiempo ya conocía a todos los viejos de Valle Seco.

         El francés advirtió que en la mayoría de los coloquios sólo se hablaba de cosas del pasado: de sus rancias vivencias, de sus antiguas aventuras, sobre su niñez y adolescencia; muy poco del período maduro y mucho menos de la actualidad teñida de complejas preocupaciones futuristas. Esa particularidad en el hablar de los viejos del pueblo le llamó la atención al punto que decidió investigarlo. Preparó un cuestionario referido a la pregunta obvia ¿Por qué al ser viejos recordamos tanto el pasado?

          Al primero que entrevistó fue al viejo Justo que estaba trabajando en la ranchería de su hermano Chico, calafateando un bote del Bichar. Al acercarse a él y preguntarle dónde y cuándo había aprendido ese oficio de constructor y reparador naval, el viejo dejó de trabajar, se secó el sudor de la frente y después de respirar profundamente comenzó a hablar. Parecía como si un hálito de gozo intenso lo hubiese poseído para contar sobre su vida pasada; le dijo que desde que él tenía uso de razón trabajó al lado su padre haciendo de todo.

         Así como lo hizo con Justo lo hizo con Tello, Cándido, Chico, Leocadia, Pastora, Quintina, Moco, Víctor, Joaquina, Julián, Taco, Simón, Silvino, Catalina, Genara, Chón, Ñaño, Nicolasa, Chica, Pedrito y otros tantos.

         Continuó día tras día, más de un mes, tomando notas de las experiencias vividas por hombres y mujeres mayores, haciendo hincapié en la respuesta que daban a la pregunta crucial. Sus paseos a la playa los hacía con pasos largos, ya no quedaba relegado al caminar de Tello quien fue su amigo mañanero. Formaron la dupla rastrilladora de la playa mientras charlaban. Lo acompañaba hasta su casa carreteando con él sus escombros. Con esas caminatas logró rebajar diez kilos; también la voz, que antes era ronca, se le había aclarado.

          Después de dos meses de la llegada de aquel francés a Valle Seco sorprendió a todos la noticia de su abrupta partida. Había dejado sobre la mesita de comer una nota de despedida, donde agradecía a Cucho y todos los viejos vallesequeros por todas sus atenciones. A un lado, sobre la silla, dejó una carpeta manila en la cual estaban sus notas escritas en francés, sobre las conversaciones que había sostenido con los viejos. Había además un lote de hojas escritas con letra más estilizada donde dejaba unas conclusiones de la investigación, también dejó una pequeña tarjeta de presentación donde reseñaba a Eugéne Minkowski (Psiquiatra – Filósofo).

          Los escritos encontrados partían de algunas preguntas básicas y sencillas, sólo que al abordarlas de acuerdo con su sensibilidad subyacente hacía que se desbordara abriendo un abanico sobre otras dudas y más complejidades. A cada pregunta le fue anexada una respuesta obtenida de la compilación de las opiniones de los entrevistados.

¿Por qué recordamos nuestro pasado?

          Todos tenemos inquietud por el pasado. Hacemos constantemente viajes a la memoria de un tiempo que fue y nos dejó un cúmulo de respuestas que hoy podemos aplicar a nuestra vida cotidiana. A veces esos recuerdos nos sirven para acurrucarnos en ellos, ya que son espacios de tiempos vividos.

            Está en nosotros algo intrínseco que nos incita a formar parte de algo, una comunidad o de un grupo. Por eso día a día nos rodeamos de recuerdos del pasado, que nos hace ser conscientes de lo que somos en el presente, hasta para darle sentido a nuestro comportamiento. “Recordar es vivir” como dice una vieja canción, tenemos la facilidad de recordar momentos muy especiales como ese primer beso, el juguete preferido, un olor especial, también recordamos momentos difíciles que marcaron nuestras vidas con experiencias dolorosas, pero al final serán recuerdos que ya superados servirán de alguna lección.

         Los recuerdos pueden pasar de toscos e insípidos momentos a eventos emocionales saturados de emotividad y pasión. Serán envueltos en un velo romántico, alumbrados por luces tenues provenientes de un arcaico candelabro. Habrá el personaje que siempre traeremos al presente cuando lo recordamos con su emotiva expresión. Diremos al aire: como decía Ñoquinto … !caras como arrimas la brasa pa tu sardina!

¿Debemos perpetuar la tradición de recordar el pasado?

            Muchos coinciden que es una necesidad que permite asegurar nuestra continuidad. Los viejos ancestros nos han enseñado siempre sobre la importancia que tiene nuestro pasado y debemos esforzarnos por preservarlo. Tiempo atrás los ancianos tenían el privilegio de la transmisión cultural. Hoy en un mundo de permanente cambio se cuestiona su papel: lo que era valido para nosotros ayer, es posible que para hoy no lo sea. Cada vez es más grande el abismo generacional entre padre e hijo, más aún entre abuelo y nieto.

             Dentro de las conclusiones tenía comentarios, tales como: “Los recuerdos son benévolos e inquietantes y parecen nutrirse de la luz de la conciencia como si estos constituyeran los elementos importantes para su vida”… “Los recuerdos aparecen como elementos autónomos en nuestras mentes y nos perfila hacia lo que seremos a futuro”… ” Con ellos tendremos un afloramiento permanente de las guías morales que nos impartieron nuestros padres y ancestros”… “Cercanos a la muerte, los recuerdos se acrecientan, quizás con el fin supremo de que caminemos con ella, pero con menos aflicción”… “Caer en los recuerdos constantemente dejará de ser un bien para la salud”…  “Dejar a un lado el imperativo que señala que debemos estar pensando sólo en lo que sucede y retraernos de los recuerdos, vivir la realidad absoluta”, “será nuestra propia valoración la que hará de nuestros pensamientos los correctos”

           Concluyó el francés que por la aceleración que tiene la historia de hoy, el papel de las personas mayores como guardianes de la memoria es ahora más importante. La meta es buscar el equilibrio, pues “para saber hacia dónde hay que ir, primero tenemos que saber de dónde venimos”.

 

22-05-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

 

“los recuerdos son un recurso psicológico que las personas emplean para contrarrestar las emociones negativas y los sentimientos de vulnerabilidad” (Revista: Scientific American).

“Los recuerdos están bien siempre y cuando nos sirvan para mejorar nuestras emociones actuales” (Olga Albornoz)

domingo, 15 de mayo de 2022

LA GALLINA PITAGÓRICA

 Por Humberto Frontado



           La apacible y fresca brisa mañanera trajo consigo una vieja y larga embarcación, algo rara por esos lares. Atracó en el viejo muelle de madera de la Isla de Coche. De la añeja nave bajó un grupo de personas guiados por un hombre alto y fornido. Caminaron un rato por los alrededores de la salineta cerca del muelle, hablaron un rato cambiando algunas impresiones. Las personas regresaron a la gran nave y comenzaron a descargar con dos grandes carretas el material que traían; mientras tanto, el hombre de blanca tez fue directo al poblado de Valle Seco. Allí habló con los pueblerinos, buscaba quien le alquilara animales de carga con su arriero.

           Los visitantes venían de Chacopata y traían un circo andante, tenían planes de montar la carpa en la salineta durante una semana y presentar el espectáculo, luego seguir al resto de los pueblos. Buscaron ayuda con la gente del pueblo pregonando que se les pagaría bien y les darían comida. La voz se corrió como pólvora y en pocos minutos se presentaron algunos muchachos, porque el resto de los hombres estaban trabajando en la salina y otros comprometidos con la pesca. El grupo de jóvenes que asistió partió con el hombre de negocios hasta el saladar y unidos a los miembros del circo comenzaron a montar la gran carpa.

           Plantaron en todo el centro de la salineta un inmenso madero de diez metros. De la punta salía una pequeña bandera y ocho cuerdas que fueron utilizadas para izarlo y dejarlo vertical a punto de nivel. El dueño del circo después de consultar una vieja libreta, tomó una cuerda y trazó con ella una circunferencia de diez metros partiendo del obelisco. Con una particular maestría se desplazó alrededor del círculo dividiéndolo en ocho partes iguales, en cada punto marcado clavaron estantillos de cuatro metros de altura, formando un octágono. Las ocho cuerdas del mástil central fueron atadas a los estantillos y luego sujetadas a tierra con fuertes estacas. Antes de caer el sol ya habían colocado la gigantesca lona blanca encima de las ataduras. Desde lo lejos se podía ver el resplandor albino de la enorme estructura. El trabajo fuerte había finalizado y los trabajadores del pueblo regresaron contentos con su paga y una entrada para asistir a la presentación. Solo quedó un muchacho contratado por toda la semana como limpiador. El resto de los empleados del circo continuó trabajando, todavía en la noche seguían bajando muchas más cosas del barco, debían tener preparado todo para el día siguiente.

          En la mañana se escuchó un estruendoso ruido que rompía con el acostumbrado silencio matutino. Por la calle principal del pueblo un musculoso hombre tiraba una carreta pintada de todos colores. Traía en una jaula un negro chimpancé. A su lado venía un payaso con una bolsa repartiendo caramelos y algunas papeletas impresas concernientes al espectáculo circense. A voz en cuello iba invitando a la población para el estreno del gran espectáculo. Se iba a presentar la mujer con la barba más larga del mundo; Atlas, el hombre más fuerte levantando como una pluma hasta trecientos kilos; el saltimbanqui, traído de África; el domador de tigres; la increíble gallina matemática y mucho más. La presentación comenzaría a partir de las siete de la noche con electricidad propia. Las entradas tendrían un costo de un real para los niños y un bolívar para los adultos.

          Cumpliendo con la invitación, la gente fue llegando al circo a comprar las entradas pasando directamente a ocupar los puestos. Se fueron sentando en dos líneas de bancas distribuidas alrededor de un círculo pintado con cal que demarcaba el público del acto. El recinto se ocupó en poco tiempo. A las siete en punto se escuchó una imponente melodía que daba inicio al espectáculo, salió al compas de la música un simpático señor mofletudo con un sombrero de copa. Frente a un micrófono daba efusivamente la bienvenida a todo el público, especialmente a los niños. Inmediatamente anunció a magistral mujer barbuda, venida desde la India con su perro lampiño heredero de los Mayas. Ataviada con un majestuoso traje cubierto de lentejuelas y todo tipo de piedras preciosas caminaba altiva aquella blanca mujer. Se iba tongoneando al son de la sugestiva música y mirando a los presentes. Lucía una larga y espesa melena negro azabache, de su bello rostro se desprendía una extensa y larga barba negra, que iba a descansar en el antebrazo izquierdo. Atado a su mano llevaba de faldero un raro perro flaco y sin pelo que le relucía el cuero a la luz de las bombillas. Mientras la extraña mujer caminaba, la gente asombrada murmuraba sin dar crédito de lo que veían. Algunos se preguntaban sobre el tiempo que tendría la mujer dejándose crecer la barba, otros comentaban sobre lo difícil que sería bañarse y dormir con tanto pelo.

          La entrada abrupta del palanquín bailando una extraña música los sacó de sus pensamientos sobre la barbuda. Era el payaso saltimbanquis con su traje de colores y nariz bombacha dando saltos y haciendo amagos como si fuera a caer sobre los presentes, arrancando risas de todo tipo sobre todo en los niños. El anunciador decía que el esquelético hombre venía de una tribu de África donde era normal crecer a la altura de tres metros, era tan largo que en cuatro zancadas daba la vuelta a la carpa; se despidió caminando en retroceso a toda velocidad. La gente lo celebró con una fuerte ovación, imaginándolo bajar cocos de las matas y nadando una mañana hacia la Isleta con unas chapaletas.

          Pasó un rato y los presentes inquietos buscaban con la mirada la salida del presentador cuando de improviso se escuchó un estruendoso rugido. La gente quedó atónita buscando determinar de donde provenían aquellos gruñidos. Apareció de pronto una carreta empujada por dos corpulentos hombres, cargando una gran jaula cubierta de una manta roja. Uno de los hombres quitó la cubierta a la jaula dejando ver un feroz tigre. Con el micrófono en mano apareció nuevamente el hombre del sombrero anunciando al domador de tigre más valiente del mundo, quien hizo su aparición haciendo sonar su largo látigo de cuero. Era del Reino Unido y había estado desde pequeño en la India, su afición era cazar animales salvajes. El valeroso domador después de serpentear su látigo alrededor de la jaula dió indicaciones para que abrieran lentamente la armazón, la gente respondió con un grito de miedo. El anunciador tomó la bocina y pidió calma a los presentes, decía que todo estaba bajo control del domador. De un salto salió aquel animal rayado caminando sigiloso y gruñendo hacia el inglés; mirando hacia los lados rugió varias veces y fue calmado con un sonido seco del látigo. La gente nerviosa aplaudió con entusiasmo con la esperanza de que el domador cumpliera a cabalidad su cometido de mantener a raya al animal. Con cuatros fuetazos más aquel furioso animal reculó hacia la jaula, saltó y se introdujo nuevamente mientras profirió un par de rugidos más, raspando sus garras contra los garrotes.

          Nuevamente hizo la entrada el gordo presentador, esta vez trayendo algo debajo del brazo. Su ayudante colocó una pequeña mesa frente a él. Aquel hombre todo sudoroso se quitó el sombrero y se lo dió a la señorita, tomó el micrófono y dijo: “en esencia todas las cosas son números” y verán que es así. Tengo el gran honor de presentarles a ustedes algo nunca visto en ninguna parte. Será un acto fuera de orden, voy a presentar a Ana la gallina piroca más inteligente del mundo, fue enseñada con los antiguos catálogos pitagóricos en arabia y fue allí donde aprendió a sumar.

           Sobre la mesa había un pequeño semicírculo hecho con madera; tenía una hendija donde se colocaban diez cartas paradas, numeradas sucesivamente del uno al diez marcadas por ambas caras.  El señor mago colocó a su Anita detrás de las cartas. Con el micrófono en sus manos pidió silencio absoluto, recordando que era un trabajo de concentración para el plumífero animal. En voz alta preguntó a Anita: ¿cuánto son dos más dos? La obediente gallina sin titubear se dirigió a la carta con el cuatro y se la entregó a su tutor. La gente quedó impresionada por la capacidad desarrollada por la frágil gallina cuello pelado. Así continuó respondiendo a la suma de tres más dos, cinco más cuatro y otras más con excelente acierto. Los presentes con fuertes aplausos despidieron a la inteligente ave.  A la salida del espectáculo, la gente contenta describía todo lo grandioso que habían visto esa noche.

           Aquel pequeño circo había superado las ganancias que esperaban para ese día y así continuaron los días siguientes dando un balance positivo. El último día de presentación sucedió algo imprevisto. Temprano en la mañana después de desayunar, el dueño del circo se dirigió a la jaula para darle de comer maíz picado a su consentida Anita y notó su ausencia. Buscaron por todo el circo y no la consiguieron. Armaron unas cuadrillas de búsqueda por todo el vecindario preguntando si habían visto a la gallina matemática. El dueño del circo después de haber estado caminando un buen rato se detuvo de improviso en medio de la calle, en ese momento se le vino a la mente la imagen de alguien que podía ser el secuestrador. Se trataba de Benito, el popular Buchéperico, la persona que había contratado por esos días para hacer los quehaceres de limpieza en la carpa. El hombre mal humorado preguntó a los presentes sobre la residencia del muchacho, se fue raudo y veloz sospechando lo peor. Cuando llegó a la casa indicada inmediatamente percibió proveniente del fondo de la vivienda el aroma a sancocho de gallina. Casi llorando llamó al interior de la vivienda y le salió una señora a la que le preguntó.

          -        Buenos días, señora… aquí vive Benito.

         La señora asiente con la cabeza y le responde.

          -        ¿Qué se le ofrece señor?

          -        ¡Señora!... ¿su hijo dónde está? – pregunta angustiado el señor.

          -        ¡Ahitá!... en su hamaca… reposando el almuerzo.

           El enfurecido hombre se asoma al cuarto y encuentra aquel esquelético muchacho enchinchorrado. Por la cabuyera lo sacude violentamente y le pregunta.

          -        ¿Qué hiciste con Anita desgraciado?

           El muchacho se levanta como impulsado por un resorte y mirando hacia los lados, aun dormido, responde inocente.

          -        ¡Nolas comimos!

        -        ¡Pinche buey!… ¡hijo de la chingada!… te voy a mandar a meter preso… me vas a tener que pagar la gallina… así que anda buscando cincuenta bolívares.

          -        ¿cómo?... cincuenta bolívares… por una gallina más vieja quél carajo… y lo dura que estaba la condenada… desde la madrugada estaba llevando candela y nada.

          -        ¡No manches buey!… me la vas a pagar como sea.

        -     ¡Está bien!... te la voy a pagar… pero después que vaya abajo al pueblo y contarle a toda la gente que tu mujer con barba… resulta que es más lampiña que su perro… que la barba es pegada… y que el tal saltimbanqui tiene amarrada a las piernas unas patas de palo… además el bendito tigre lo que es un pichón de puma con unas rayas pintadas.

         El hombre casi ni escuchó la última parte que había dicho el astuto muchacho, salió vuelto una fiera vociferando cosas en un raro dialecto y caminando con unas zancadas más largas que las del africano saltimbanqui. Temprano en la mañana del otro día sólo había quedado en la salineta un círculo con ocho huecos, más uno central que miraban directo al despejado cielo; por meses quedaron como mudos testigos de aquella increíble visita que tuvo que partir de prisa a atender otros compromisos… cosas de los circenses.

 

15-05-2022

 

Corrector de estilo: Elizabeth Sánchez

Nota: Cualquier parecido con el nombre, el carácter o la historia de cualquier persona es pura coincidencia y no intensional.


Resumen de la ultima entrega

INEFABLE PARALAJE

  Por Humberto Frontado         C oncurre un inefable paralaje entre la realidad y el pensamiento. Habita un desfase estructural q...