sábado, 14 de noviembre de 2020

MUSICA DE CIERRE

 Por Humberto Frontado



           Después de haberse deglutido un tazón de un inacabable hirviente, picante y achotado chilpachole, acompañado de sendas quesadillas cubiertas de aguacate, regresó al Edificio Principal de Cantarell de Pemex en Ciudad del Carmen, México a descansar unos minutos antes de comenzar otra vez las labores de trabajo. Había llegado a trabajar a ese país por azares del destino, después de haber estado laborando un buen tiempo en una de las primeras petroleras a nivel mundial, Pdvsa en Venezuela.

          Ya estaba transitando su segundo año en ese interesante país y todavía se estaba adaptando a sus costumbres, expresiones y comidas. Todavía no se había adaptado aún, según él, al inhumano horario de trabajo: Comienza a las 7:00 am hasta las 2:00 pm, almuerzo y regreso a las 4:00 pm hasta las 8:00 pm si te dejan salir. 

           Se sentó frente al escritorio y su computadora ubicados en uno de los cuchitriles de uno y medio metro de ancho por uno y medio de profundidad, jocosamente los ingenieros los llamaban caballerizas, eran en verdad cubículos colocados uno al lado del otro cubriendo toda el área del nivel o piso. Aprovechando la ventaja de disimulo que su espacio tenía, ya que estaba al otro lado del pasillo principal fuera del paso de la gente, decidió echar una pequeña zorrita, transcurrido unos breves minutos sintió la atracción de una extraña melodía que venía del fondo de los recintos.

            Se quedó sin palabras escuchando las evocadoras notas, se fue incorporando, bajo los pies del escritorio se pasó las manos por la cara, para quitarse un poco el sueño que tenía, se levantó de su asiento y caminó buscando entre los establos la procedencia de aquella extraña melodía que lo atraía, hasta que llegó al fondo de las caballerizas y justo coincidió que era de su compañero de trabajo el ingeniero Vera. Allí estaba revisando sus correos y escuchando la música grabada en su computador y le preguntó.

          -  ¿Qué hubo Ricardo y esa música? – a lo que el colega contesta a lo charro macho.

          -  A chingado buey, no lo sé, pero en la lista de canciones está, ya te digo.

         El ingeniero buscó en su compu y encontró la información: la composición era el Boléro de Maurice Ravel. Tomó nota y se despidió de su colega regresando a su sitio de trabajo, todavía le quedaba bastante tiempo para descansar y pensar en la sorprendente melodía. Después de unos minutos de haber retornado a su sitio llegó el profesional mexicano con algo en la mano, diciendo.

       -  Ingeniero aquí tiene copia de la música que le gustó – extendiendo su mano a su colega con el Cd.

         -  Gracias Ricardo, y porfa no me digas ingeniero que ya tu sabes cómo me llamo yo buey – le dice en forma recriminatoria a su amigo.

           El mexicano se sonrió y le hizo una señal con su mano derecha mientras éste se disponía a introducir el disco en la computadora, sin embargo, no dejaba de pensar y preguntarse por qué los mexicanos acostumbran a llamar a la gente por el título profesional, en lugar de hacerlo por su nombre de pila; aún tratándose de alguien harto conocido. Llegó a la conclusión de que los muy muérganos son tan perezosos para aprenderse los nombres de los compañeros, que preferían arroparlos a todos con el apelativo de su profesión, peor aún lo hacían todavía más fácil diciéndoles inge.

           El ingeniero se quedó meditabundo explayado escuchando la melodía. Abrió los ojos desorbitadamente cuando se vió transportando a un tierno paraje en su niñez: Caminaba hacia la escuela bajo el encanto de esa ya identificada música. Recordó claramente que en su escuela Antonia Esteller de Lagunillas era una institución que se regía por las nomas de todas las escuelas bajo el dominio de la compañía Shell de Venezuela. Antes de ingresar al recinto, la Dirección colocaba un Longplay de 33 rpm con una selección de doce composiciones clásicas de los grandes maestros de antaño, ellos eran Mozart, Bach, Beethoven, Brahms, Schubert, Vivaldi, Verdi, Tchaikovsky, Wagner, Chopin, Biset y para el cierre Maurice Ravel, con su magistral Boléro . Había unas cornetas colocadas alrededor de las instalaciones del colegio que esparcían la melodía por toda la comunidad petrolera.

           La música tenía una duración de treinta minutos más o menos, era el tiempo más que suficiente para que todos llegaran a tiempo a la escuela, inclusive hasta los más retirados considerando que la escuela estaba ubicada en un punto central con respecto a los cinco campos. Los estudiantes sabiendo o memorizando la secuencia de las melodías podían promediar los minutos que les quedaba para llegar a tiempo.

          Descendió a su cabeza de inmediato un claro recuerdo: era una vez igual a otras tantas, se había quedado rezagado bajo la sombra de un roble que había tapizado todo el suelo con flores, desde allí dió comienzo a su hobby: cazar machorros siete colores por los lados de las gradas de la cancha de voleibol de Rancho Grande; estuvo persiguiendo un bello ejemplar hasta que logró atinarle con una piedra, el lagarto quedó atolondrado, y representaba una buena oportunidad para el muchacho de vanagloriarse, exhibiendo a sus amigos su hermoso trofeo en el salón. Cuando estaba cerca del reptil se inclinó y lo tomó por el rabo, el animal ante el peligro se movió violentamente dejando de regalo en la mano del párvulo un pedazo de su cola y corrió azaroso hasta meterse en su cueva al lado de los tubos de los asientos.

            El muchacho bellaco molesto tomó un pequeño trozo de rama de un árbol y comenzó a excavar, agrandando la entrada del recinto del pequeño animal, hasta que una ráfaga de viento sopló inundando el ambiente y trayendo un claro mensaje. El infante levantó la cabeza y miró a su alrededor acuciosamente y no vió a nadie, se había quedado solo; agudizó el oído al viento y se dió cuenta que el Boléro de Ravel estaba en su fase final, ya que todos los instrumentos habían entrado en escena inclusive las trompetas. Echó a un lado la rama que tenía en las manos y se las sacudió con fuerza quitándose la tierra, fue a buscar el bulto que lo había dejado atrás y comenzó a correr, se dió cuenta que estaba en graves aprietos y empezó a sudar copiosamente mientras marchaba primero al tiempo de la aletargada música, luego sobrepasando el tenue crescendo cercano al final de la melodía.

          Entró en los predios de la escuela y se fue abruptamente hacia el portón lateral de entrada, se alegró grandemente cuando vió que todavía continuaba abierto, respiró profundamente tomando una buena bocanada de aire; dejo de correr, pero siguió caminando rápidamente. Faltando unos veinte metros observó que al lado de la compuerta estaba situado como siempre el señor Goyo presto a cerrar. Volvió a pegar la carrera en crescendo abrupto, pero el bedel fue más rápido en trancar la reja de ciclón. Se oyó el ensordecedor “click” del cerrojo, el cual estaba cronometrado con el sonido copioso del descomunal tambor y platillos del final del Boléro y con el fatídico sonido del timbre de entrada; todo eso transcurrió para él en cámara lenta. El niño solicitó casi llorando en una súplica.

          -  Buenas tardes señor Goyo, por favor abra la reja, perdone usted.

           El viejo portero incólume lo miró secamente y con su mano le señaló hacia la otra entrada diciendo.

          -  Lo siento joven, vaya por la otra entrada que allá lo está esperando el Director.

          Eso era como mandar al alumno al paredón de fusilamiento, aquello significaba una suspensión y la llamada del representante, no tuvo otra opción, caminó hacia el centro de las instalaciones y justo en la entrada estaba un señor de camisa blanca y encorbatado, era el Director que iba congregando uno a uno los rezagados de la tarde en una fila pegada a la pared de su oficina. Reunió no menos de diez alumnos y después de impartir algunas instrucciones a obreros y maestros se dirigió a los retrasados. Estuvo por lo menos veinte minutos dando una charla de buenos valores, el respeto a la institución y los maestros, responsabilidad y puntualidad. Además de hacernos cantar el himno de la escuela mientras bajábamos la bandera nacional de la asta. 

           Por lo menos no fue tan traumático como pensaba podía ser. Sin embargo, no sé si fue por vergüenza o porque las palabras del Director hicieron algo en él, lo que si es que nunca más llegó tarde. Es posible que a partir de allí haya cronometrado mejor el tiempo del sinigual y nunca olvidado Boléro de Ravel.

 

Venezuela, Cabimas, 11-11-2020


 [HFM1]

sábado, 7 de noviembre de 2020

LOVE STORY DE UN ANIMALERO

Por Humberto Frontado

 


             -  José mijoo, ve a la cocina y trae el plato de peltre con la caja de fósforos.

           El muchacho acostumbrado a la misma rutina de las tardes se introduce a la casa y aparece raudo con las cosas solicitadas por su mamá. Ella sentada en una silla de mimbre se colocó las cosas sobre las piernas mientras se puso a mirar el cielo con mucho detenimiento, como si buscara algo en su hondura. Al rato ubicada en un punto fijo le consulta al hijo.

         -  Mijo… ¿Qué ves en aquel grupo de nubes?... Yo veo un caimán con la jetota abierta.

       -   ¡No mamá! … yo más bien veo un elefante con la trompa levantada -  replica el joven mostrando seguridad y señalando el sitio.

          -    ¡Ah! …si es verdad, allí está… ya lo veo clarito. Vamos a ver si lo traen en los abollaitos de la tarde – termina de decir la mujer mientras voltea su cabeza para otear el reloj en la pared de la sala.

           La mujer tomó nuevamente el plato y lo puso en el suelo, agarró varios quinticos de animalitos sin acierto del día anterior, los arrugó con la mano y los tiró dentro del plato. Tomó la caja de fósforos y encendió uno prendiendo fuego al puñado de papelitos, a medida que ardían los movía un poco agitando el plato hasta que se consumieron totalmente. Con un fuerte soplido sacudió las cenizas dentro del plato y comenzó a interpretar las siluetas dejadas por el hollín de la combustión, le daba vueltas al plato hasta que logró hallar algo.

           -   ¡A la vaina… apareció el sapo, qué ves tu mijo – pregunta inquisidora la madre al hijo!

           -    ¡Humju! …si mamá, ahí está el sapo – contesta con cara de satisfacción el joven.

           -   Bueno vamos a esperar a Felipe a ver que trae en los abollaos, y ligar que traiga el elefante y el sapo para comprarlos.

            La lotería de animalitos era un juego de azar que se hizo muy popular, era gestionado en el pueblo de Valera y se había extendido al estado Zulia por la bonanza petrolera, sobre todo en la costa oriental del lago. El sorteo se hacía a las seis de la tarde y era transmitido radialmente. Se había hecho tan parte del acontecer diario que la gente en general no hablaba otra cosa que no fuese relacionado con el pase de los datos o favoritos para de día, contarse e interpretar los sueños buscando una relación con los animales, la interpretación del tizne que dejaba la quema de los animalitos en el plato, además de las imágenes avizoradas en las nubes que les indicara el bendito animalito que saldría ese día.

          Para ese entonces la marginada Lagunillas, ya reubicada, desprendiéndose un poco de la desgracia que los sucumbió años atrás cuando un pavoroso incendio acabó con la aldea sobre palafitos, los animalitos vinieron a ocupar un espacio privilegiado en el entretenimiento y la esperanzada búsqueda de ganar un dinero por azar del destino. Desplazó prácticamente las que estaban establecidas muchos años atrás y eran tradicionales, como la Lotería del Zulia y de Caracas. Todos los días, menos el sábado y el domingo, se jugaba la apreciada lotería.

          -    Mamá allá viene Felipe – se oyó advertir con un grito del párvulo a su madre, indicando que el animalero ya estaba cerca.

           Felipe era un singular animalero de origen colombiano que, además de ser buena gente, era muy complaciente al dar en su bicicleta una última visita a sus clientes ofreciéndoles los populares abollaos, que consistían en los números o animalitos que no habían sido vendidos durante el día. Mucha gente lo esperaba ansioso a esa hora de la tarde, muy cercana al cierre del sorteo, para comprar los abollaos, pero eso sí ya habían asegurado la compra temprana de los favoritos del día. Con toda la calma hacía su parada frente a las casas de clientes fijos que gustaban de los abollados.

           La mujer salió sacudiéndose las manos y secándolas con un trapo, venía de dejar en reposo la masa de las arepas, salió de la casa mientras decía.

          -    ¡Felipe! ... ¿por casualidad traes el elefante y el sapo?

        -   No mi doñita, todos esos se vendieron a primera hora, sólo me están quedando estos poquitos – contestó el animalero con tono de lástima y entregando el talonario a la señora.

          -    No Felipe, estos no tienen vida; hay unos que nunca han salido, otros que recién salieron y el resto son mabitosos. No mijo llévate tu vaina. ¡Será otro día!, vamos a ver si sale el carnero que lo compré temprano – contestó la mujer un poco decepcionada. Se despidió del animalero apurada y se introdujo a la casa a terminar sus oficios para la cena.

          Temprano en la mañana mientras todos sus hermanos fueron a la escuela, José se quedó en casa debido a que había pasado una mala noche con un pequeño fogaje, suficiente para que su mamá le suspendiera ir a clases. Pero esa calentura no fue evento particular para que no hiciera mandado a la panadería. En el campo los cercados de las casas eran tan bajos que se podían saltar fácilmente y en el caso de las diligencias se cortaba mucha distancia brincándolos de ida y vuelta. Después de hacer la compra del pan el chiquillo se vino por el fondo de la casa y entró por la lavandería directo a la cocina, donde estaba su madre montando el almuerzo. El jovenzuelo colocó la marusa de pan sobre el fogón y le comentó inocente a su mamá.

          -   Mamá, el señor Felipe le dió un besito en el cachete a la señora Rosa.

           La señora volteó rápidamente y pelando los ojos se colocó el dedo índice sobre los labios como señal de silencio y le dijo.

          -    Eso es mentira, no vuelvas a decir eso jamás.

           Confundido, en la ingenuidad de sus diez añitos, José le decía insistente a su madre que eso era cierto porque él lo había visto. La mujer molesta lo agarró por una oreja y dándole un leve torque le dijo alzando la voz entre dientes.

          -    Ya te dije que no vuelvas a decir eso porque no es cierto.

           El cándido muchacho se quedó boquiabierto preguntándose: “¿Cómo era posible que eso no era verdad si él mismo lo había visto con sus propios ojos?” Quedó sumido en una dicotomía existencial de no poder saber y menos distinguir lo que era una verdad vista y la que no; eso le duró al pobre varios días hasta que se le olvidó.

        A partir de allí la bifurcación existencial se extendió como una preocupación hacia la angustiada mujer, al no encontrarle pie ni cabeza a lo que su pequeño querubín le había contado y que no dudaba de su veracidad. Le revoloteaban en la cabeza los años de buena y consecuente amistad, había sido una excelente vecina que en ocasiones le atendía echándole un ojo a los muchachos cuando ella iba al comisariato o a la clínica, así igual hacía ella con sus muchachos. Excelente madre, muy responsable con sus oficios y atención a sus cinco hijos y al señor Juan.

           De vez en cuando echaba una mirada por la ventana de la cocina para ver si veía algo sospechoso, tampoco escuchó ningún comentario de su vecina Juana cuando se arrimaban a la cerca contigua a intercambiar un rato. No tardó mucho cuando una de las vecinas que vivía por la misma calle de la señora Rosa le contó, mientras hacían la cola para las compras en el comisariato, que habían visto en la carnicería del campo a la señora Rosa hablando muy acaramelada con el animalero Felipe.

           Nadie podía dar crédito a lo que se estaba comentando sobre aquel asunto. Se preguntaban cómo era posible que aquella noble señora estuviera en esos menesteres. No pasó mucho tiempo en reventar la espinilla. Una mañana después de haber despachado a los muchachos a la escuela, agarró un bolso con algo de ropa y se marchó de la casa. Al llegar los muchachos al mediodía notaron que su mamá no estaba y ni siquiera había dejado el almuerzo puesto. Aquello fue un desastre, los más pequeños empezaron a llorar llamando a su mamá y los más grandes no sabían qué hacer, sólo esperar que apareciera su papá que todavía estaba en el trabajo.

           Muchos de los vecinos se acercaron a la casa y atendieron a los muchachos y esperaron a que llegara el padre. El señor Julio llegó a la casa inocente de todo, sorprendido de ver tanta gente en la casa, lo primero que le cruzó por la mente era que le había sucedido algo grave a uno de los muchachos. Las cosas se fueron disipando, pero sin muchos detalles, el señor Julio no tenía ninguna explicación del por qué se había marchado la señora Rosa, sólo que la habían visto salir con el bolso de tela. La alegría y el entusiasmo que siempre estuvo presente en la familia se disipó de pronto. El tiempo fue transcurriendo lentamente mientras las cosas se iban nivelando.

          Se supo con el correr de los días que la señora Rosa vivía por los lados de Parateahí, que era una de las nuevas invasiones de ranchos que surgieron a las afueras de Lagunillas. Todo apuntaba a que la enamorada Rosa no la estaba pasando del todo bien y que Felipe no la atendía como debía. El hecho es que a ella la habían visto por la zona comercial de Lagunillas luciendo más delgada y demacrada.

          Una mañana quedó sorprendido el vecindario del campo cuando vieron al señor Julio llegar en su carro con la señora Rosa de nuevo y entrar a la casa, los muchachos todos lloraban de alegría por el ansiado regreso. El señor Julio había perdonado a su esposa y aceptó su regreso de corazón. A la recién llegada se le veía poco y no salía de la casa, quizás por vergüenza.

          No había transcurrido una semana cuando de improviso la fatídica noticia invadió otra vez a toda la comunidad: “la señora Rosa se había ido otra vez con Felipe su amado animalero”, echando otra vez todo por la borda. Todo el vecindario quedó petrificado por la actitud de la señora, algunos la tildaron de sinvergüenza y otros menos no hacían comentarios porque les costaba creer lo que había sucedido. 

            José mucho más impertinente le insistía a su mamá le explicara la situación, quería entender el porqué de la conducta de la enamorada; ella sólo logró mascullarle.

        -  Mijo, eso no se entenderá nunca, son cosas del amor y no se pueden descifrar.

     De la señora Rosa y de su amado Felipe nadie supo nada, sólo quedó en el recuerdo como una historia de amor a lo Romeo y Julieta.

 

Venezuela, Cabimas, 05-11-2020.

sábado, 31 de octubre de 2020

UN PREPSICÓTICO DE COVID-19

Por Humberto Frontado



            Envuelto en una cada vez más gruesa escafandra de prejuicios y temores sobre la enfermedad del Covid-19, comenzó a sentir de pronto un aumento paulatino de la temperatura corporal mientras dormía, su mamá diagnosticaría el evento como una simple fiebre de pollo. La angustia generada por un incipiente fogaje disparó una serie de alertas en su mente. Meditabundo en la penumbra fue introduciendo lentamente sus pies en los gélidos delirios de su banal inconsciencia. De pronto se ve en la necesidad de ubicarse en la mejor posición que le permitiese observar el transcurrir de los inverosímiles eventos del día a día, de estos convulsionados tiempos y lo hacía desde el Panóptico de Michel Foucault (1926 – 1984).

         Un panóptico es una edificación estructurada simétricamente con cubículos habitacionales alrededor de una torre de vigilancia central. Esto quiere decir que quien está vigilando puede observar todo lo que hacen los que están allí presentes. Sin embargo, el vigilante no es perceptible para los demás. Este recinto arquitectónico que fue tesis del sinigual filósofo francés Foucault y lo propuso como un concepto análogo, pero desde un punto de vista más simbólico y abstracto. A su parecer, en nuestra sociedad se da un proceso similar al del panóptico originario de Jeremy Bentham (1748 – 1832), que esencialmente correspondía a las instalaciones de una prisión.

           En ese preciso momento estaba situado en el nivel cuatro, el más bajo, el de los privados de libertad. Miraba a los prisioneros con la misma profunda mirada con la que el ilustre francés habría de verlos desde la torre central de vigilancia. Este cristalino polígono de simétricos propósitos y dimensiones permite que la traslucida luz atraviese hasta lo más lejano del complejo recinto, permitiendo controlar y estar al tanto de todos los movimientos reales e imaginarios de los faltos de libertad, todos bajo el control supremo omnipresente de la atalaya óptica.

          Se quedó atónito mirando por un rato la parsimonia de un prisionero viejo, de recién ingreso inspirado en el colosal papel protagonizado por Clint Eastwood en la película La Mula. Se trababa de un fanático cultivador de flores que por sus negocios, entregas y asistencias a convenciones había descuidado a la familia emocionalmente y había incurrido en un inocente hecho delictivo.

    Observó en su mente su desplazamiento entre las flores, tocándolas sutilmente en sus texturas, sus plácidos colores, unos naturales y otros entrando al limbo de lo aún por imaginar. Ve la dicotomía en lo profundo de lo trivial del cuido y dedicación en las sutiles flores y tener la recompensa de su increíble belleza, aunque esta fuese efímera, solo queda en la eterna presencia del tiempo, eso lo justifica así sea en un pinche día.

          Se concentró en él y buscó su calma y serenidad en la escena tierna de sus veteados lirios de día entre amarillo, rojo, naranja, tigresa y blanco para descifrar en qué había fallado y qué corregir. Comprobé que la rudeza de algunos personajes ante la muerte tierna y sentida muy emocionalmente no es nada, lo demás son quilos más quilos menos de coca o cualquier droga que pueda inundar algún cuerpo o un país, o a quien le quede al final.

          De pronto, movido por no sé qué, decidió subir al primer nivel tomando el elevador central del Panóptico; allí estaba el gran recinto de convenciones de los ilustres galenos. Estaban divididos en múltiples grupos con especialidades específicas, algunas pisando las fronteras de lo absurdo. En esos salones especiales había todo tipo de participación. No se dejaba nada al margen, había exposiciones donde se describía con todo lujo de detalle los diferentes eventos pandémicos ocurridos desde la época del medioevo, con sus azotes de extremas pandemias hasta la evolución trascendental del siglo XVIII de los aislamientos de cuarentena que sirvieron para aminorar la secuela de tantas enfermedades que hicieron aparición en esa época.

           En uno de los salones había una zona especial de proyección holográfica donde se podía ver la imagen de Descarte soportada por la concatenación de todo su legado de conocimiento y la información generada día a día de las enfermedades, especialmente el Covid-19. Un punto que sobresalió de esa extraña exposición fue el de la verdad hiperbólica que el paciente mantiene inconsciente sobre la presencia en su cuerpo en cualquier enfermedad, dispara una reacción en cadena sobre su psiquis que activa los medios para que esté allí presente.

         Descarte decía tener un problema ante sí, era el de congeniar su verdadero modo de proceder y su representación ideal de lo que constituía en el mundo el covid-19, eso no le cuadraba con su aún vigente método cartesiano universal cuasi-matemático, por eso no se pudo obtener de él una solución concluyente. Uno de los presentes tomo la palabra y dijo.

          -  No nos sorprende que después de tanta agua transcurrida en el río de las buenas intenciones de hallar soluciones prácticas, sencillas y contundentes a tantos problemas de salud, encontremos una gran represa de confusiones y de intensiones torcidas.

          Más allá en otro salón el joven aún trató de buscar asiento, pero todo el recinto estaba lleno de eruditos expertos, empecinados ese día en encontrar la definición más clara de lo que era el Covid-19. Por fin vió una banca algo retirada y decidió tomarla. Caminaba hacia ella cuando en eso vió que a medida que se acercaba al asiento otra persona más vieja también hacía lo mismo. El joven al ver a la persona mayor cedió el puesto y le respondió con una sonrisa.

          La persona mayor segura de su rango y posición decide sentarse, cuando toma la silla notó que se desprendía en dos secciones. Las volvió a colocar como un lego y pensó un momento en lo peligroso de sentarse, sin embargo, el joven le advierte diciendo desde lejos.

          -  No temas, con tal y no dudes de tu equilibrio existencial. Hasta tienes la oportunidad de enterarte y corregir si quieres. Solo tienes que sentarte y moverte hacia donde sientas más placer interno, siéntelo, búscalo en tu ser. Cierra tus ojos y siéntate con seguridad, tu mente se encargará de distribuir las cargas emocionales equitativamente. El viejo se sentó cerró sus ojos y siguió escuchando a la persona joven.

          -  ¿Y tú… de dónde vienes? – le preguntó.

       -   Yo vengo de una pequeña isla de humildes hombres. Partí de allí a estudiar Física Cuántica. Me he dedicado a desarrollar las nuevas teorías sobre los siete curricanes o guarales cuánticos que dominan la psiquis humana. Esto permite hallar fácilmente la representación universal de cualquier ente y determinar en él, con un rápido test, la intensidad del estado prepsicótico producido por el covid-19. Determinar y representar en la cuerda si fue por tensión continua o por un intempestivo o brusco templón. Las calenturas son claves y dejarlas pasar controladas e intermitentes desarrollan en la mente escenarios de autobúsqueda de la verdad, lo único posible en su descifrar es permitir, sin dejar que influya el entorno, que fluya la materia y que el mismo explique en un plácido preconsciente todo lo contenido en su esencia e importancia existencial.

          Respiró hondo porque sabía que estaba recibiendo una de las pocas bocanadas de aire purificado que podía lograr en esos días. El vital soplo venía desplazándose a través de unos cristalinos ductos que distribuían aquel flujo de vitalidad por todo el panóptico. Al aspirar aquel fresco elixir despertó como de una pegajosa pesadilla y se vió luchando contra la complejidad. Observó claramente que la gente actual se resiste a lo simple porque le teme o quizás porque no le conviene en el logro de su objetivo particular. Entendió que una idea sencilla y simple nos hace sentir desnudos, muy especialmente cuando vemos que estamos rodeados de personas que se ocultan en la complejidad para ocultar su ignorancia y excusarse del fracaso.

          La estrategia de éxito es entender el proceso de diferenciación entre el diagnóstico y lo que sucede en la evolución de la enfermedad que nos acosa, significa convertir ideas o procesos simples porque tenemos una sola cosa en la que enfocarnos, acabar con la pandemia.

          La decepción de no encontrar nada contundente en la repuesta que buscaba lo hizo tomar nuevamente el elevador de la torre y detenerse en el nivel dos de hospitalización, se vió obligado a observar la triste realidad de los traslucidos cubículos repletos de gente boca abajo, respirando artificialmente conectado a todo tipo de artilugios de nuevo y rebosante diseño que les permitieran respirar. Aquello era dantesco, en vez de estar en un nivel de atención médica en el panóptico, era más bien la escena del purgatorio del clásico tríptico de Bosco.

          En una singular conclusión diríamos que no ha perdido vigencia la tesis de Foucault cuando vemos que desde un remoto puesto de vigilancia apostado en el centro de la telaraña los poderes no dejan de controlarnos y dominarnos. Sigue en forma permanente gravitando sobre nuestra sociedad los mecanismos de control y vigilancia, ahora más sofisticados, imperceptibles, contundentes y agresivos.

           “No veo el vigilante, pero sé que está allí” Además de los tradicionales ingredientes de vigilancia y control para mantener   a nuestra sociedad disciplinada continúan aún las de exterminio con novedosos y sofisticados métodos, así como las de control económico ejercido por las potencias.

          Lo que está sucediendo hoy en día supera con creces lo que preveía el filósofo, historiador y psicólogo francés sobre el desarrollo de la tecnología en términos de control y vigilancia, el tema ha superado el alcance de sus temores. La obediencia de los habitantes de cada país a las normas y estatutos de control de la pandemia ya ha sido conducta aprendida y hoy día se refuerza con lo sucedido, sabemos que en este caso del covid-19 no hay escapatoria y debemos cumplir a cabalidad como un autocontrol, no es necesario el castigo como ha sido en algunos casos.

           La psiquis ante los cada vez más casos de covid-19 puede hacer suponer en muchos casos el nacimiento de reacciones de estrés e incluso episodios de ansiedad en personas que terminan inhibiéndose en exceso, siendo una especie de enorme autocontrol que conlleva rigidez conductual y malestar psíquico.

           Pareciera que los encargados de buscarle solución al inminente problema del Covid-19 tienen la firme misión de representar todo esto como si estuviera sumido en una ciencia oculta, como si estuviéramos en la edad media. Definitivamente la participación más importante de los responsables de lo que sucede con esta pandemia es la que llevan hacia la mutación de sus aptitudes.

 

Venezuela. Cabimas, 31-10-20.

 



domingo, 4 de octubre de 2020

UN ZAPATERO REMENDÓN DE AMORES

Por Humberto Frontado

 

           -  ¡Zapatero remendón! … !zapatero remendón!

          Ese era el slogan publicitario que voceaba aquel espigado y musculoso hombre de tez blanca quemada por el sol, que apareció caminando las calles anunciando los servicios de su incipiente empresa. Traía terciado al hombro un maletín de cuero y en una mano un pequeño y raro yunque. Recorría los caminos uno por uno todas las semanas en los diferentes campos petroleros en Lagunillas, siempre había alguien que necesitara de sus servicios. Las amas de casas y los chicos estaban siempre a la caza de su grito comercial, cuando estaba cerca sacaban la mercancía a reparar.

          Su maleta venía cargada con todas sus herramientas; había martillo, tenazas, tijera, navaja, tirabuzón, escofina, manopla, un pequeño mandil de cuero, un pote con cola para pegar y varios rollos de cuero. Su instrumento principal era el trípode o burro, era de acero con tres formas para el clavado o asentado del calzado. Los trabajos frecuentes iban de reparar el tacón o sustituirlo, coser el cuero abierto a poner media o suela corrida; por último, abrillanta y pulía los zapatos aplicándoles betún y cepillándolos antes de entregarlos al cliente. Los zapatos de la escuela de los muchachos eran su trabajo principal, siendo una mina inagotable.

          El remendón era un señor catire europeo muy amable y culto, sus ojos azules destilaban una mirada vivaz e intensa, su forma de hablar era como la de un arlequín desequilibrado o bufón, lo que lo hacía muy agradable. Expelía otras cualidades que solo lograban ver las mujeres en su imaginación, entre sus cuchicheos, vergüenzas y risas los intercambiaban entre ellas cuando lo veían venir.

          Se reía poco, pero hacía reír a la gente; se presentaba dando su nombre completo: Vittorio Cerutti, pero ya en confianza prefería que lo llamaran Vito. Mientras hacía sus reparaciones siempre le gustaba contar relatos e historias de Italia, su tierra natal. En una oportunidad mostró sus excelentes dotes de bailarín, cuando en una de las casas de estadía de trabajo escuchó en la radio uno de los tangos de Carlos Gardel, a veces también mientras remendaba entonaba melancólicas canciones de su tierra, tenía una imagen más pronto a la alegría que a la de enojo. A los muchachos que se le acercaban y le hacían ronda, les enseñaba palabras y expresiones cotidianas en italiano, inclusive, en confidencia entre ellos, las principales groserías equivalentes a las nuestras, con eso los entretenía un rato y se ganaba su amistad. En una oportunidad les enseñó algo de la liturgia católica en latín, ya que la misa se daba en esa lengua, les dijo.

         -  Muchachos, cuando estén en la iglesia y el cura inicie el saludo diciendo: ¡Dominus vobiscum!, ustedes en vez de contestar “Et cum spiritu tuo” le dicen: “Et culum te lo pelliscum”; total, él ni cuenta se va dar…ja ja ja

          El catire artesano se sentaba en el suelo y se colocaba el burro entre las piernas sujetándolo entre ellas y allí hacia su trabajo. A veces en las casas donde se estacionaba a trabajar vendían frescos y cervezas Zulia, se tomaba una en dos sorbos y decía.

          - ¡questa è la migliore birra del mondo!

         Nunca lo vimos tomarse más de una cerveza, por lo menos en un mismo sitio, decía que esa era la que podía pagar. Se comentaba que estas personas que semanalmente nos visitaban y que provenían de esos países lejanos venían con un switch mental de austeridad extrema. Ellos habían vivido por años miseria y horror por la primera y segunda guerra, se les veía almorzar con un pan francés y una coca cola, eso era suficiente hasta llegar a casa y cenar otro pan francés con un poco de salami que tenían en la caleta.

          Entre las anécdotas que contaba en confianza era que había nacido en plena dictadura de Mussollini y no vió otra cosa que guerra. Cuando murió el dictador muchos acaudalados terratenientes se mantuvieron con sus viñedos y olivares, así fue como él pudo comenzar con un trabajo más o menos remunerado, hasta que la crisis agobió toda la parte sur de Italia que era donde vivía. Allí tomó la decisión de venir a América a buscar nuevos horizontes. Esa era la época de la gran migración europea de la postguerra, todos los países estaban en crisis y Venezuela les ofrecía la luz al final del túnel que su país no les podía dar en esos momentos.

         Al transcurrir un mes de la reparadora visita a los campos apareció una mañana montado en una despampanante bicicleta de reparto gritando su slogan a todo pulmón, pero acompañándolo con el timbre de su bici. Continuaba con su labor de rutina, pero también comenzó a reparar carteras de damas, bultos para los libros; se llevaba parte del trabajo a su casa sobre todo los fines semana.

          Unos meses más tarde el italiano se transportaba en una flamante moto Vespa de cajón y en vez de pegar su acostumbrado grito el ruido de la moto y la peculiar corneta era suficiente para alertar a sus clientes de su presencia. Para ese momento su negocio se expandía y traía zapatos para la venta, le hacían el encargo y le pagaban semanalmente. Así paso unos meses más con su negocio prosperando hasta que de la noche a la mañana no se volvió a ver en el campo a Vittorio. El trabajo que había cultivado con creces fue dejado en bandeja de plata a otros conterráneos.

          Después de dos años de su supuesta desaparición los amigos y clientes dieron con su paradero, encontrando que Vittorio Cerutti había montado una de las mejores zapaterías de Ciudad Ojeda situada cercano a la Plaza Bolívar y la estaba atendiendo personalmente. Vito nunca había perdido su norte se hizo de su sueño: montar una hermosa y gran zapatería. Solo que cambió de reparación a vender los fabricados de última moda, especialmente para las mujeres. Ahora su especialidad era el calzado de damas, las mujeres estaban encantadas con el local, porque con Vito podían ponerse los zapatos que estaban de moda en Europa y Estados Unidos.

          Debido al auge petrolero para la época las mujeres de los Campos eran sus mejores clientes, así como las que vivían en la incipiente ciudad. En muchas oportunidades venían clientas de Maracaibo que no querían quedarse atrás con el último grito de la moda del calzado. El zapatero conocía muy bien su negocio y además atendía a su exigente clientela con mucho esmero y dedicación hasta verlas satisfechas. Su fructífero negocio le permitía viajar dos y hasta tres veces al año haciendo recorrido por las principales fábricas, tanto de Europa como de Estados Unidos.

          Aunque se le veía muy frecuentemente acompañado de lindas mujeres en fiestas y en restaurantes no se supo de un compromiso serio. Don Vito estuvo en la gloria del calzado durante cuatro fructíferos años hasta que otra vez desapareció sin dejar rastros.

          Detrás de aquella dócil y encantadora persona había una historia que poca gente conocía. Con el tiempo se fue develando y su contenido perturbó a mucha gente, sobre todo a aquellos que tuvieron un fuerte apego hacia él. Cuentan los que dieron con el misterio de Vittorio, que cuando joven, con apenas veinte años a lo sumo, en su Provincia de Cetraro el trabajo cesó azotada por la miseria imperante en aquellos momentos de la postguerra y él tuvo que migrar hacia el norte, donde se decía estaba mejor la situación, específicamente en Salermo y más tarde a Napoli.

           Allí comenzó a trabajar en lo que fuera en panaderías, restaurantes y de caletero en los muelles. Así estuvo trabajando varios años hasta que hizo amistad con otros jóvenes de su misma edad y lo animaron a incursionar en la prostitución trabajando como “Gigolo”.  Así lo hizo y comenzó a ganar algo de dinero, solo tenía que asistir a los sitios específicos de cita que había en toda la ciudad y encontrar la clientela, en su mayoría señoras ya mayores que buscaban compañía de tiernos jóvenes. Con unas semanas de trabajo llegó a pensar que ese era un trabajo transitorio y que cuando se arreglaran las cosas dejaría esa vida mundana y se dedicaría a un trabajo más serio.

          Pero no fue así, a medida que iba transcurriendo el tiempo la lista de usuarios fue creciendo y ascendiendo categoría en los estratos sociales. El trabajo le fue exigiendo más preparación y conocimiento, además de hacerse un experto en el arte de la seducción, aprendió a hablar español y francés, leía novelas, poemas y obligado la historia de la filosofía y sus protagonistas. Estos eran ingredientes básicos para atender a su clientela en todo su esplendor.

          Pero como cualquier cosa que se cree nunca va a acabar, su negocio acabó cuando se enredó con una damisela que resultó ser la esposa de un alto jefe de Los Carabinieri, quien logró descubrir el affaire; menos mal que la dama le advirtió a tiempo y pudo escapar ileso, del susto tomó la decisión de huir precipitadamente hacia América.

          Al parecer el negocio de los zapatos femeninos y la cercanía a los sutiles pies de las clientes azuzó nuevamente la estirpe de Casanova que había en Vito y comenzó a seducir a diestra y siniestra las chicas de la región.  Se dice que al parecer tropezó con la misma piedra cuando se dedicó a comer en un plato ajeno de una persona muy importante en el medio y al parecer conterráneo.

          Los que le han hecho seguimiento al caso de Don Vittorio comentan que él desapareció, sin dejar rastros, desde el preciso momento que encontró un pescado metido una bolsa de papel colocado en la entrada de su negocio. La policía no da ninguna información al respecto, solo están los rumores que comentan que se regresó a su pueblo natal; otros dicen que se fue a Argentina, bajo perfil y labura reparando calzados. Otros más extremistas dicen que el consentido Vito está entre los cimientos de uno de tantos edificios que se construyeron en el auge económico de Ciudad Ojeda.

 

Venezuela, Cabimas, 03-09-2020

martes, 29 de septiembre de 2020

LA MATA DE MEREY

Por Humberto Frontado



          Esta simpática historia comienza con la llegada de un inocente niño a la nueva casa que le daría cobijo. Estaba ubicada en Puerto Nuevo, una de las tantas urbanizaciones pertenecientes a los campos petroleros de la compañía Shell en Lagunillas. La vivienda estaba hecha de unas láminas de acero machihembrada, esa era para los gringos petroleros una manera rápida y económica de construir casas. La mudanza se realizó en la tarde después de la llegada de su papá del trabajo, ya que estaba en la guardia de amanecer. Aquel traspaso fue bien rápido pues tenían pocos corotos.

          Ese primer día  le sirvió para apreciar el frondoso árbol de merey que estaba plantado justo en el frente de la casa. Después de cenar se durmió pensando en aquella majestuosa mata; definitivamente había cautivado su azarosa atención.

          Al otro día, bien temprano en la mañana y sin haber desayunado, el párvulo se dirigió al apacible árbol y lo detalló por todos lados. Buscó en su epidermis algunas irregularidades que pudiera  aprovechar para subir al techo de la casa de lata (así la bautizaron cariñosamente).

          El ascenso no fue fácil , le costó unos cinco intentos hasta que se dió cuenta que las alpargatas que tenía puestas le hacían resbalar. Se despojó de las molestas cotizas y escaló descalzo con mejor resultado. Abrazado al tronco del árbol fue subiendo lentamente hasta llegar a una gruesa rama con la que logró apoyo y le permitió, agarrado de otra, pasar hacia el techo metálico.

          Se sentó lentamente en aquella azotea percibiendo su tenue calor y en cámara lenta con los brazos ya libres abrazó sus piernas mientras bajaba su cabeza y la apoyó en sus rodillas. Cerró sus ojos por un momento, como rindiéndole pleitesía a aquel silencioso amigo que le había permitido aprovecharse de él para lograr su espectacular objetivo.

          Sumergido en una profunda quietud se sintió muy emocionado al lograr ver las casas vecinas, los pocos carros que pasaban y algunos niños corriendo a la distancia. Desde aquella descomunal altura podía divisar todas las cosas a su alrededor. Se dijo que esa sería la atalaya de sus sueños, el puesto de observación y lugar donde se gestarían un sinfín de grandes aventuras. 

          Sin darse cuenta ya había estado una media hora inmerso en sus pensamientos, dándole rienda suelta a la imaginación hasta que volvió en sí al escuchar el llamado característico de su mamá, con unos decibeles más altos de lo normal, como indicativo de que tenía tiempo haciéndolo.

          Bajó como pudo, algo temeroso y no contó lo ocurrido a nadie; aquel amigo le guardaría el secreto. A partir de ese momento el árbol y él serían uno, era su confidente secreto. En su piel dejaría escrito en jeroglíficos su  fugaz historia de locas aventuras, ocurridas en esos maravillosos años.

 

 07-05-17

 

Nota: Anacardium occidentale, también conocido como nuez de la india, cajú, merey, anacardo, castaña de cajú, marañón, cajuil, caguil, llamado en algunos países de Centroamérica pepa o merey es un árbol originario de Venezuela y del nordeste de Brasil.

MI VIEJO LAROUSSE

 Por: Humberto Frontado


 

          La grave crisis que vive nuestro país ha hecho que retomemos viejas costumbres. Los cortes diarios de electricidad nos apartan de las señales del internet y telefónica. Estábamos acostumbrados a recurrir rápida y velozmente a los diccionarios de la red ante la duda de cómo escribir o saber el significado de una palabra, solo bastaba tener Wifi o señal para datos.

          En un abrir y cerrar de ojos podíamos consultar infinidad de respetable diccionarios. No solo podíamos consultar significado de la palabra, también podíamos tener sus sinónimos, antónimos, raíz de origen, etc. Hasta algunos ejemplos de su uso y si te interesaba te podías meter en un chat para ver su uso correcto.

          Ahora tristemente nos ha tocado desempolvar el viejo diccionario familiar. Frente a él, como si fuera un ritual, fui pasando sus arrugadas páginas. Observo sus heridas y tatuajes que el tiempo le ha dejado. Vienen a mi memoria trucos aprendidos, heredados de mi padre, para encontrar las palabras rápidamente.

          También recuerdo aquel montón de abreviaturas que completaban la búsqueda. Cuando niño vimos a Larousse joven fuerte y sin vacilaciones. Nos divertimos con él, en épicas batallas, jugando a ver quién encontraba la palabra más rápidamente.

           Frente a mi arcaico Larousse lo detallo nuevamente y veo que necesita algunas reparaciones, sobre todo en su dislocado lomo, el cual soportó por muchos años abuso consultivo. Que bueno saber que todavía puedo aprender más de él… Gracias viejo amigo.

 

Venezuela, Cabimas, 21-07-2019.


LA MOSCA ABANICO

Por: Humberto Frontado



          Temprano en la mañana, ya sin electricidad; entró, no sé por dónde, una bulliciosa mosca que buscaba por todos los medios llamar la atención. Al principio no le di importancia hasta que se hizo insoportable.

          Mientras leía me acordé que ellas emiten ese estruendoso zumbido cuando buscan pareja. Su revoloteo era rasante sobre mi cabeza. Lance un rápido y perdido manoteo para ver si se aquietaba y fue peor. Con ese leve movimiento de mi mano generé calor hacia el resto de mi cuerpo y preferí quedarme quietecito.

          Seguí inmutado leyendo y le perdí atención; creo que se fue por un momento o la concentración en la lectura hizo que me olvidara de ella.  De pronto apareció intempestivamente, era como si de pronto se hubiese convertido en un chupaflor o colibrí. Revoloteaba desaforado en zigzag, pero en seseo; haciendo tirabuzones elípticos de variadas frecuencias. Parecía como si hubiese llegado la electricidad, después de un bajón, y aceleró las revoluciones o parámetros de vuelo del díptero. Me pregunté

-          ¿qué le pasará a esta loca?

          Había tanto sosiego en el ambiente que el aleteo de la bendita mosca estaba abanicando imperceptiblemente la habitación. Cerré los ojos y disfruté por unos momentos aquella sutil y gélida brisa que me arropaba.

          Continué leyendo por momentos, pero la irrespetuosa visitante me exaspero a tal extremo que decidí buscar el matamoscas en la cocina para exterminarla. En esa corta acción volvió a subir la temperatura de mi cuerpo y no me importó. Le monte cacería cual sapo experimentado hace para conseguir su comida. Con un rápido swing – zúas - le di un golpe en la cabeza y otro en la barriga hasta dejarla inconsciente, todo sudado y mirándole a los ojos le dije.

      – Colorín colorado ésta mosca se ha acabado.

 

Venezuela, Cabimas, 31-08-2019

Resumen de la ultima entrega

MENTE CAPTUS

  Por Humberto Frontado        Una distintiva especie que por años se ha reproducido desaforada, rompiendo todos los estándares.  ...